GUIONET HECTOR
Educador, poeta y escritor. Nació en San José, Entre Ríos, La Place de los inmigrantes, donde cursó los primeros estudios. Se trasladó después a la vecina Concepción del Uruguay para hacer el bachillerato en el Colegio Nacional fundado por Urquiza y asistir a la Escuela Normal. Pupilo en la Sociedad Educacionista “La Fraternidad” de la misma ciudad egresó con medalla de oro que entonces le fuera ofrecida por el poeta Córdova Iturburu, en nombre de la Asociación de ex-Internos. Ya en la Capital Federal, se especializó en Estudios Orientales en la Universidad del Salvador. Electo Legislador, presidió la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados de Entre Ríos, proyectó el trazado del puente internacional Colón-Paysandú y el parque El Palmar, ambas iniciativas concretadas. Presidente del Consejo General de Educación instituyó una revista de educación, “El Boletín” y fundó la Escuela Normal de Maestras Rurales “Almafuerte” de La Picada, en el departamento Paraná. En Buenos Aires fundó el Instituto Grand Bourg en 1964, cuya dirección general y posterior rectorado ejerció durante treinta y cuatro años. En 1961 fue invitado por el Board of Education de los Estados Unidos y en 1963-1964, para una pasantía sobre organización y métodos de enseñanza, por el Ministere des Affaires Etrangeres de Francia. Publicó la historia de la Colonia San José –memorias- y la biografía novelada de una mujer nacida en su seno, Petronita. En 2002 participó invitado del Salon du livre de Montagne en la alpina Passy, donde fue traducido al francés. En 2006 publicó “La aventura educativa, con testimonios del aula y de la vida”, y en 2007 la edición bilingüe de la “Granja de los abuelos”. En 2010 el Honorable Consejo Directivo de “La Fraternidad” de Concepción del Uruguay le otorgó por unanimidad la prerrogativa de Fraternal Distinguido. En 2012 publicó “Aquellos jóvenes años: bullicios de la memoria” y en 2013 “Hacedores de un tiempo para la Historia”.
Textos
100 años
Las Bibliotecas
Los Viñedos
Tito Pupilo
Un espejismo
Buscando en la nada
Sueños en Sulky
Un nuevo desafío
Ida y vuelta
El anuncio de la Vida
Chevauchant la tradition
100 años
A la Biblioteca Popular
General Urquiza
en su centenario.
Arrellanado en una mesa
de las que recogen historia
en la Biblioteca Urquiza,
abandoné la lectura.
Quería repasar ese día
la fila de actividades:
Nada
es tan importante
-me dije-.
regresándolas, confundidas,
a la noche del pensamiento.
Al levantar los ojos
busqué dónde apoyar el recuerdo:
descubrí un palomar de libros
desgastados de tiempo
y vi asomarse una mancha
-sedentaria humedad-
que pareció desgarrarse
en fragmentos entrañables.
Malherido,
oí el estruendo
de un silencio de latidos.
Y quise participar,
disfrutar hasta que duela.
Entonces se encendieron
y animaron las imágenes
de una noche luminosa
¿bajadas de las estrellas?
Resplandecientes
se escucharon sus voces:
la de Enrique,
fundacional;
desde un soplo de altura
Lucía, con urgencias
acopiando sentimientos
para plantarlos juntos.
Cosquillas
y singulares anteojos
anunciaban a Luis
-el del cine de la Biblioteca-
(domingos gratis, para gurises)
Perforando la niebla,
enseguida se sumaron
las formalidades de Ernesto
-de la Comisión Directiva-
y, casi esfumada, Lidia, la maestra
haciendo volar libros sin dueños…
Una profundidad de recuerdos,
donde pierden materialidad,
continúa liberando cada historia
como un bien del espíritu.
La Biblioteca
vigilaba aquel silencio
hasta que estalló, radiante.
Ella lo percibe
desde hace cien años
cuando descubrió
su destino, estupefacta:
dar luz.
Cómplice, inasible,
mágico, vuelve cada día,
desesperado por expandirse,
pero encarnado en San José.
Las Bibliotecas
Cuando tomaron la decisión de emigrar, la mayoría de aquellos seres humanos que desembarcaron el 2 de julio de 1857 y los que los sucedieron después por el camino del inmigrante trazado por ellos, lo hicieron con el coraje para reabrir en América el comienzo de otra historia, en un viaje sin retorno. Y así, trajeron con ellos todo lo que les fue tolerado en cada uno de los barcos que se hacían a la mar.
Hermanados con la aventura, cargaron también un espíritu de progreso: la tradición heredada de los abuelos y la curiosidad. No excluyeron de sus equipajes los libros que habían acariciado en la tierra que dejaban y que les habían ayudado a darles un perfil a sus vidas; tal vez, una esperanza. Los había de carácter político, religioso, filosófico, con las letras de las canciones del terruño nativo, técnicos, el infaltable misal o los himnos con los que se sentían gratificados espiritualmente.
Ya en sus modestos hogares de la Colonia San José, crearon un petit coin donde alguien de la familia leía, a veces en alta voz, para quien se había acercado, atrapado por un momento tan único, un oasis generador de apetitos intelectuales o de información.
Esos petits coins serían las primeras bibliotecas de carácter privado, si bien las hubo importantes.
(Publicado en "La Colonia San José, inmigrantes", 2007).
Los Viñedos
Cuando los inmigrantes dieron una palmada de adiós a las montañas de su país, a los rincones queridos, a las voces y los ruidos familiares, y dejaron la rutina de cada jornada para enancarse en la aventura de cruzar el inmenso océano, traían todo eso enraizado en sus tradiciones.
Aquí echaron las bases para continuar con ellas.
Así, organizaron democráticamente la comunidad e hicieron realidad por primera vez en el país el sufragio secreto; la educación fue una de las prioridades, al igual que la práctica espiritual. La plantación de centenares de hectáreas con viñedos fue un éxito hasta que la industria vitivinícola entrerriana se vio, desde 1914, atropellada y arrasada por inspectores oficiales: se proponían proteger poderes e intereses monopólicos cuyanos destrozando con picos toneles y alambiques. En 1936 una ley inmoral impulsada por el diputado conservador Patrón Costas, se hizo eco de los reclamos del gobierno mendocino que se quejaba por la competencia nacional e internacional de Entre Ríos. Todo desde las sombras, inmerso en un tufillo sutil y corrupto. La provincia era gobernada por el señor Tibiletti y a ese tiempo la gente lo llamó “la década infame”.
Trasladado a los protagonistas de un trabajo herido para siempre, pegados a la bronca y al desánimo, ¿habrán sentido en aquellos momentos algo menos que el desfondarse del orden establecido?
La adversidad no consiguió encorvarlos, pero esto es un ejemplo de lo que no debe hacerse. La autoridad emana sólo del pueblo y es a él a quien deben servir, en cualquier tiempo, los que pretenden ser sus representantes.
La fuerza de hoy no podría corregir lo que lamentablemente “ya fue” pero su tratamiento light o simplemente periodístico no ayudaría a galopar hacia la transparencia histórica.
La tradición de la vitivinicultura desarrollada en la Colonia San José, coincidente con los intereses del país, quedó en el tiempo como un milagro mutilado.
Los colonos nunca fueron, sin embargo, rehenes de la tristeza en sus propósitos de hacer de éste, el posible hogar que busca todo exiliado.
(Publicado en "La Colonia San José, inmigrantes", 2007).
Tito pupilo
El “portarse mal” hizo que se lo ubicara al poco tiempo como pupilo en el colegio “de las hermanas” durante un largo año. Sin ninguna salida, salvo la dominical, en fila, para ir del colegio a la iglesia, siempre que la conducta observada durante la semana a criterio de quienes tenían poder de decisión, fuese satisfactoria. De no ser así, debía permanecer en el colegio mientras los demás hacían esa “excursión” de apenas tres cuadras. Al mismo tiempo cursaba el tercer grado. Muy lejos de un necesario ambiente formativo para una criatura, parecía condenado a pasar por un infierno anticipado. Una de las hermanas -L.G- que utilizaba el nombre de un santo, al encontrarse con el hijo de Petronita en la galería del colegio, le aplicaba una fuerte cachetada. Y él se preguntaba en silencio: “¿por qué?”, sin encontrar elementos para poder ensayar una explicación. Con frecuencia el lugar de castigo era el “cuarto oscuro”. Nunca le explicaban las razones. Nunca una palabra de afecto, jamás una tarea de persuasión orientadora o de didáctica. Tiempo muy duro para él, que descubría sin anestesia un mundo tan diferente. Y que lo signaría tanto.
Arrancado de su hogar, itinerante entre la colonia y el campo, separado de Petronita y de Lela, después de Luda, de su padre, de la calle, había sido depositado en un lugar que no entendía y donde no encajaba. La comida era absolutamente distinta de la que estaba habituado, y tenia como base las legumbres: porotos, garbanzos, lentejas. Como comerlos le producía arcadas, debía permanecer en penitencia después del almuerzo, delante de su plato de lentejas hasta terminarlas. Y no era una amenaza sino una orden .
La pena se levantaba a veces a las tres de la tarde, habiendo permanecido solo, delante de su plato, desde las doce. Si bien la comida resultaba pésima para él, el pan blanco era abundante y, entonces, hacía un gran hoyo quitando trozos de miga y los rellenaba de lentejas, luego los cerraba y los tragaba enteros.
Lo que degustaba como un manjar era el té solo, con una galleta, que se tomaba a la tarde, preparado en la cocina por dos hermanas, una de ellas de nombre “San Judas”. Sus hábitos y aliño aparecían menos cuidados que el de las demás hermanas cuya presentación era impecable.
A la noche, el reducido grupo de pupilos varones, unos seis o siete que habían ingresado como “excepción” iban en fila a dormir fuera del colegio, en la casa de la señora Noir, a dos cuadras y media del colegio. La rutina era llegar, desvestirse y dormir. Los otros chicos eran más grandes que Tito, todos de la colonia y por lo tanto con costumbres y diálogos distintos a los que él estaba habituado con sus compañeros de “la villa”. Más chico, con intereses y actitudes diferentes, se producía una marginación casi natural.
Sin una palabra de estima de nadie, cuando un domingo por la mañana debió quedarse sin ir a misa como penitencia y una hermana de nombre “María Esther” le dijo -distante aunque con voz amable- que debía razonar sobre que, “si se portaba mejor”, podría ir el domingo siguiente, le pareció tocar el cielo con las manos
Se rezaba con frecuencia. Y se escuchaban las amenazas con el diablo, el fuego, el infierno ubicado muy abajo, en lo profundo insondable de las sombras para aquellos que no observaban las reglas.
Enviado a la clase de niñas para cumplir con uno de los castigos, y ubicado de espalda en el frente, delante de un cartel, Tito observó en él los nombres
movibles de todas las chicas de la clase representadas con figuras de angelitos rubios y, abajo, la figura del demonio entre el fuego, con el nombre de una de ellas. Cuanto mejor se comportaban y más eficientes eran, más se alejaban del diablo, ocupando los primeros lugares del cartel donde estaba dibujado el cielo.
Era un tiempo en que algunos hogares, especialmente de la colonia, aspiraban, empujados por la tradición, a que al menos uno de los hijos fuera cura y que entre las hijas alguien tomara los hábitos de monja por vocación o incluso por imposición .
Su madre solía visitarlo. Viajaba con Lela desde la colonia. La entrevista se hacía en la sala de visitas con la presencia de una hermana: ocasionalmente, era reemplazada por “la madre”.
Atónito callado, escuchaba cómo se informaba a su madre que se portaba bien y era un buen alumno. Cuando Petronita se iba con Lela, se preguntaba por qué debía quedarse. Petronita le llevaba chorizos secos de la colonia y también otras facturas. Al partir, las religiosas se hacían cargo de la caja. A él le daban, una vez, una porción de unos cinco centímetros, después no veía más su paquete. Cuando pasaba por la galería quien lo había “guardado”, la miraba esperanzado en poder recibir algo más. Nunca sucedió.
Alguna vez, Luda lo visitaba al atardecer y le llevaba caramelos. El protocolo era el mismo: la hermana siempre presente, significando que “ahora” se portaba bien... Palabras poco elocuentes para él que, en su inocencia, no alcanzaba a darse cuenta qué estaba mal a los ojos de los demás. Recibía entonces los caramelos “en tránsito” ya que inmediatamente después de la visita pasaban a manos de la hermana que había acompañado celosamente el encuentro, con simpatía convencional.
Al día siguiente era llamado para entregársele dos, o por equivocación tres, generosamente. Si en ese momento se encontraban otros chicos varones pupilos, recibían uno cada uno. Luego se esfumaban. Aunque no le pareciera justo, Tito callaba. El “cuarto oscuro” y otras “penitencias” se constituían en disuadores. Además, se trataba de “la hermana”, o eventualmente “la madre”, que era como decir en ese entonces el doctor o el cura, todas autoridades indiscutibles, infalibles y acreedoras de “respeto”. La actitud debía ser de estricto acatamiento, aunque interiormente se experimentara un sentimiento de impotencia.
Un espejismo
Héctor, que presuntamente sería quien indicara que debía ir pupilo, su tío Luis y su tía María Teresa -que vivían en San José- nunca fueron a verlo durante aquel año. Sólo lo hicieron Petronita con Lela, y Luda. Todos muy lejos de imaginar lo que estaba pasando por aquel chico de ocho años, hasta entonces un incendiado de vida.
Romper el silencio habría sido inútil para Tito. Sus palabras se hubieran subestimado aceptando las eventuales explicaciones de las hermanas y pidiéndole a él, además, que “se portara bien”. La rebeldía ante lo injusto debía permanecer guardada, acrecentando lo privado, la vida interior, aunque se tratara de una dura y cruel realidad que él hubiera querido distinta.
Es que Petronita había estudiado en el Colegio de las Hermanas, cuando sólo era para mujeres. Una queja de Tito o pedido, hubiera sido sospechada de
exageración, debiendo después, solo, enfrentarse con las secuelas de haberse arriesgado a expresar con espontaneidad un sentimiento real ante su madre
Pero no todo resultó negro durante aquel año. Aunque fugaz, sin palabras, sólo con alguna sonrisa cómplice, fue también el estallido del encuentro con una chica pupila. El la veía muy mayor, desde sus ocho años, aunque ella no excedía los quince o dieciséis. La iniciativa fue de Tito, cuidando de que los demás no lo advirtieran, en especial las hermanas presentes. Resultó que, como excepción, un atardecer, se había autorizado a pupilas y pupilos a ir hasta las rejas de la entrada para desde ahí ver una película de carácter seguramente religioso, que se exhibía ese día al aíre libre en la “terraza” del cine Urquiza, donde después sería construida la nueva sala, a una cuadra del colegio.
Ocurrió como una búsqueda no programada de contacto, de aproximación, de calor humano, como una necesidad. Ese instinto biológico que excede lo objetivo y lo racional, sin demasiadas especulaciones sobre las nunca descartables consecuencias posteriores.
Acariciado por dos ojos negros y una sonrisa fácil, advirtió que su cabello era renegrido, naturalmente ondulado, la tez pálida. No era linda, pero sí cálida. Tito sintió que a ella le agradaba. Y vivió el acercamiento, un nuevo placer, la expresión de otro esplendor.
Como un oasis único, casi un espejismo accidentado, duró sólo el tiempo de la película con sus cortes.
Buscando en la nada
Sintiendo que lo injusto y el mal trato se habían desbordado, y sin haberlo planeado, al observar un día que la puerta de calle había quedado abierta, se escapó.
Salió corriendo y buscando asirse a algo, o a alguien. Y, aunque sin conocer entonces el significado de su nombre, acaso a la libertad. Tan rápido como pudo llegó hasta la esquina de Sarmiento y Mitre, donde el paredón del colegio hacía ochava. En ella se detuvo para pensar: “¿a dónde voy?”, ¿a la casa de su tío Félix Decurgez , casado con Leonides Bastian, la hermana de Petronita que tenía un chalet a una cuadra, para pedirle que lo llevara a la colonia con su madre?. Y entonces, el cálculo de posibilidades: ¿lo haría o lo devolvería al colegio? ¿lograría que alguien entendiera lo que él quería explicar para poder liberarse de la noche en que vivía ?.
Las dudas se acrecentaron y se sintió inmerso en el océano de una inmensa soledad .Buscando en la nada, mientras cavilaba en qué hacer, observó que una de las monjas, con su uniforme negro agitado por el viento, asomándose por el portón de entrada a la puerta principal , miraba nerviosamente a cada lado .
Después de un tiempo fue localizado y persuadido en la calle con promesas para que volviera. Y así fue.
Las sombras del anochecer borraban paulatinamente el edificio del colegio del Niño Jesús (“de l’ enfant Jésus”), del patio con sus pozos ciegos, de un tiempo inestable y cambiante, como la vida, de un año de la década del treinta.
Tito ensayó después nuevas formas para adaptarse por propia determinación: el sacrificio físico, la penitencia, la aceptación de la realidad exterior; todo, pensaba, como ofrecido a Dios, a un absoluto inmaterial representado en la estatua pero con residencia más allá de las nubes. Buscando el cambio, la vuelta a un hogar esfumado. Mientras, escuchaba que sólo la observación estricta de las reglas establecidas conducirían a él. Pero su espíritu libre, enraizado de infinitos, había quedado herido definitivamente.
(Publicado en "Petronita, un canto a la vida").
Sueños en Sulky
Entre Ríos es una tierra dibujada por dos ríos que vienen de muy lejos, desde que el mar se retiró dejándonos, reconocido, un paisaje único de cuchillas de piel verde, para disfrutar. Fue entre ellas, en San José, en la ribera izquierda del río Uruguay, que pasé mis primeros años de formación.
Tras egresar, al año siguiente fui designado maestro suplente en la Escuela Provincial Nº 9 de Colonia Nueva al Norte. Estela, la directora y vecina, viajaba todos los días con movilidad propia: un sulky tirado por un noble equino que con el andar de los años se había hecho de la familia. Compartía este medio de locomoción con ella. En invierno, la brisa helada hacía que Estela se arropara tanto que sólo a través de los ojos continuaba manteniendo el contacto con el mundo exterior.
Yendo al trotecito, a la distancia ya se divisaba la escuela.
En una de sus aulas la directora atendía el trabajo administrativo, al mismo tiempo que daba clase a primero y segundo grado. Los otros cinco grados, también dictados simultáneamente, estaban a mi cargo.
Un nuevo desafío
¿Por dónde empezar? Todo era novedad y, en la emergencia, de poco me servían las clases modelo que había preparado siendo pupilo en “La Frater”, con el auxilio de algunas compañeras solidarias. Pero sí me ayudó su recuerdo: Bonus, Regnet, Morend, siempre listas para desgranar amistad preparando el material que me era indispensable, en sus propias casas. A un así, la metodología pareció desintegrarse cuando empujado a
la arena por las ganas, conocí al grupo asignado que, con una multiplicidad de juicios, aguardaba al novel educador.
Diría que en aquel trabajo de maestro suplente iniciado en una escuelita rural con cinco grados simultáneos, más que los proyectos que había elaborado y los conocimientos previos, me ayudaron substancialmente el sentido común y el entusiasmo.
La organización y el conocimiento mutuo fueron mejorando con el andar de los días. A mayor comunicación, también se hizo un mejor uso de la libertad. Y lejos de tropezar con las dificultades esperables, de esta experiencia coseché la pasión por desbrozarlas.
“La vida consiste en aprender a amar”, dice el Abbé Pierre. Aquel hito educativo me ayudó a hacerlo, dándome cuenta de la armonía que encerraba. Se sumó el espacio celeste, todo el verde y la percepción en las mejillas del aire rebotado de las cuchillas que siempre, en el campo, cuenta cosas: un ofrecimiento sutil de la naturaleza.
Ida y vuelta
Aquellos chicos, cada día, escribían sin advertirlo su propio poema y yo aprendía de sus inocencias y también de sus carencias campesinas.
Un testimonio nacido en aquel tiempo me muestra un día de clase: el aula repleta; algunos escuchan mientras, otros, tratan de resolver el trabajo previamente asignado. Entre los que atienden, está el menor del grupo: bajito, cara redonda, cabello
castaño con un flequillo que cae sobre su frente. Provenía de una granja vecina, la de los Pent, familia emblemática del lugar, y estaba sentado en el primer pupitre. Su nivel era el de tercer grado. Siempre atento con su compostura y sus grandes ojos que parecían contener una poco disimulada tensión. Una vez, al dirigirme a él, advertí que no sabía de qué se trataba. Sabio, había guardado un inocente mutismo, pero sus expresiones de atención externa, no habían significado aprendizaje. Tratando de encauzarlo para que subiera él también al tren de lo que estábamos hablando, lo hizo con aceptación y un respeto nacido seguramente de recomendaciones del hogar. Al explicarle a su medida, pareció tocar el cielo, y respondió con una sonrisa. Por un momento, Colón y los vikingos quedaron desplazados ante la inmensidad de su encuentro con una nueva, estremecida verdad, la de “su descubrimiento” personal. Fue incapaz de hablar para no descomponer una tradicional actitud de inalterada corrección. Sin embargo, liberándose del corset cultural, no pudo disimular que lágrimas de alegría se insinuaran en sus ojos.
Al abrir la tranquera de aquellos días, pienso que no puede haber nada bueno o inocente arrancado del alma que muera para siempre. En aquel sulky y en esa escuelita de campaña, experimenté por primera vez el don de educar.
(Publicado en "La Aventura Educativa : testimonios del aula y de la vida").
El Anuncio de la Vida
Siempre fuera de los límites de la casa de familia, vecina al potrero de los terneros, había una habitación donde reinaba el silencio: es que, unas treinta cluecas, cada una en su nido, con la puerta cerrada (sólo faltaba el cartelito de “No molestar”), transmitían calor a sus quince huevos que, cada día, hacían girar con sus picos.
Todo en un cajón de madera armado con paja, mientras aguardaban, perseverantes, el transcurso de los 21 días y sus noches necesarios para que la vida, que habían contribuido a desarrollar, se anunciara. Y lo hacía mediante el asomar de los picos con que los hijos por nacer comenzaban a romper, lentamente, el cascarón.
Luego se erguía el tambo, con techo y laterales de chapa y madera, de unos setenta metros. En el corral, decenas de lecheras acostadas, rumiando los recuerdos del día anterior y el pasto consumido, desentendidas, esperaban ser emplazadas, sin derecho a apelación. Siempre distraídas, con los ojos albergando una mirada perdida, volvían a la realidad como preguntando ¿ya me toca a mí? Entonces, respondiendo a la intimación, se dirigían lentamente al tambo, con sus ubres cargadas, donde las esperaban los ordeñadores; previo «apoyo» del ternero –lo que hacía que la madre dejara fluir la leche – comenzaba el ordeñe a mano. Concluido, cada ternero se conformaba con «el saldo», pero después, al acompañar a sus madres durante toda la mañana, se desquitaba bien.
Apagados los faroles, aún contando con la ayuda de la luz de la luna para atenuar las sombras de la noche y después de haber colaborado en el tambo, Yeya (Serafina Fellay) volvía a la cocina con dos baldes que desbordaban de leche recién ordeñada: era para el consumo de la casa, donde ella servía hacía 25 años. El abuelo y el muchacho que hacía de peón colmaban los tachos de leche que después, acondicionados en la jardinera en una madera agujereada que los contenía, eran llevados por Pedro Woeffray hasta San José para el reparto domiciliario. Al regreso, era la abuela la que hacía de computadora, sentada junto a la mesa de la cocina: provista de una libreta, comenzaba a descargar la metralla con los nombres de los marchantes (clientes): “Allois”, decía con voz inquisidora, a lo que el repartidor, de memoria, respondía: «1 litro y ½», «Bel»: «1/2» , “Duconquère”: «2»... así, cada día, hasta fin de mes en que, con la colaboración de una de las hijas, hacía las facturas.
En aquel tambo aprendí con el pizarrón de una experiencia de vida, algunos de sus secretos. Así como no se ordeñaban todas las vacas, una de ellas era elegida por mí como propiedad transitoria para tomar infinitos vasos de leche recién ordeñada; entonces advertí que los gustos eran cambiantes según el animal y, de ahí, o de situaciones similares, se despeñaba la catarata de los porqués del «capataz» –a veces insólitos– que ponían en aprieto la experiencia del abuelo, cuya respuesta, alguna vez, era una alegre carcajada.
Parte de la leche se procesaba quitándole la crema para posibilitar a la abuela un porfiado trabajo hasta convertirla en manteca. Lo que quedaba se encaminaba al domicilio de los cerdos que la esperaban ansiosos junto a sus bateas, caladas en troncos de árboles.
La granja funcionaba como un mecanismo de relojería suiza, impulsado por la energía derivada por las ganas de hacer y donde la responsabilidad era algo así como el primer mandamiento. Todos colaboraban, apuntando a un trabajo eficiente y se valoraba la iniciativa. Como mis visitas eran ocasionales, mis obligaciones también eran transitorias: cebar mate, carpir, montar a caballo sobre un diminuto cuero de oveja para buscar hielo hasta la usina de «los Bard» en San José, guardar las formalidades del saludo matutino, especialmente a la abuela, según lo aconsejaba la estrategia, cambiar de potrero a los animales o llevar los patos a la laguna para que disfrutaran de su agua mansa: después de una marcha apremiante debían –los que se rezagaban– valerse de sus alas para vuelos bajos, como preparándose para una maratón; ya en la laguna, los observaba, escuchaba su lenguaje de satisfacción, analizaba sus movimientos... y aprendía de ellos. Todo con la posibilidad de ser realizado en armonía con la edad, mientras se sucedía el tiempo de mi primera década de vida.
Para mí ir «a la colonia», o sea a la quinta de los abuelos, era un sentimiento siempre vigente, una fantasía necesaria sólo comparable con la ida «al río» (al balneario de San José). Sobre eso, Luis, el hermano menor de mi padre, con quien era muy compinche, me aguijoneaba, con un matiz de chanza: «Oh, bien que sí, gringuito de la colonia». Para nuestro hablar regional, aquel calificativo estaba dirigido a todo aquel que habitaba la zona rural, independientemente de su origen étnico.
Me sentía muy bien inmerso en la naturaleza. Era como un animalito en su hábitat, viviendo casi en plena libertad. A veces derribaba límites con el poder de un soplo de vida que se desbordaba; ajeno a racionalizaciones, con ocurrencias que se originaban en la espontaneidad, generaba el asombro, como cuando, un luminoso domingo, durante el paréntesis en el juego de «burra» para tomar el té, la abuela Adelina fue informada de una catástrofe: sus privilegiados pavitos no estaban cuando les habían pretendido acercar la comida. Conmoción generalizada y comienzo de la búsqueda. La clueca, con las plumas de punta y sin parar de rezongar corría de un lado para otro en soledad. En un momento dado, escucharon piar y el grupo, solidario, se arremolinó en el lugar; «¿¡Cómo», dice la abuela, «se oye piar y no están los pavitos!?», implícitamente imaginándolos en otras dimensiones. Por fin alguien, tal vez el cura, elevando su mirada hacia los cielos se estremeció al ver dibujarse un milagro: los pavitos, en multitud desordenada, corrían de un extremo al otro del techo del toilet. Escalera mediante, fueron descendidos y reintegrados a su madre. Al disponerse a volver a la mesa de «burra», uno de los visitantes, con ingenuidad, desentendido de lo que pasaba, conmovió al ambiente con un obvio interrogante: «¿Dónde está el Tito?».
Parece que ese domingo le fue bien a la abuela en el juego porque un silencio -seguramente muy concurrido de imágenes y expresiones que se refugiaban en su mente- permaneció inviolable. Al transgredir barreras, se necesitaba de él para el reacomodamiento de la convivencia.
Bien orientado y administrado desde la cúpula, el equipo de la granja funcionaba, cada uno sumando el aporte de su decidida colaboración. Cuando dos de las hijas menores, aún solteras, comenzaron a ejercer la docencia, aportaban la mitad de su sueldo entregándosela al abuelo Juan, que la guardaba en «el baúl», constituyendo un fondo común; la otra mitad les era depositada por él en la caja de ahorros de cada una.
Lo espiritual también dibujaba su espacio: naturalmente, lo religioso, enraizado en sus vidas, las penetraba como el fuego al carbón, vivificándolas y cambiando su naturaleza.
La atmósfera de la granja parecía robustecida por aquella tradición de contenido bíblico, con un convencimiento sin grietas, que no se discutía:
«La Sagesse a guidé le juste par le droit chemin, en lui montrant la royauté de Dieu et lui donnant la connaissance de choses saintes: Elle a béni son travail et fait fructifié ses labeurs».
(“La Sabiduría ha guiado al justo por el camino derecho, mostrándole la vigencia de Dios y dándole el conocimiento de las cosas santas: Ella ha bendecido su trabajo y hecho fructificar sus emprendimientos”.)
Tampoco la música era ajena al lugar: cuatro de los hijos la leían y tocaban un instrumento musical, especialmente el piano o el violín.
Una vez le dispararon a quemarropa un interrogante al abuelo: «¿Por qué, don Juan, no les enseñaron el francés a sus hijos?», a lo que él con el simplismo que lo caracterizaba respondió: «No quise que se repitiera con ellos lo que me pasó a mí al ir a la escuela donde no entendía nada y así durante todo un año». Sin hacer referencia explícita a ello, dejó al desnudo la secuela de un egoísmo retrógrado que se impuso inexplicablemente en aquel tiempo, negando a los chicos de la colonia la posibilidad de una enseñanza bilingüe inicialmente y renegando entonces, en los hechos, del principio pestalozziano: «Paso a paso y acabadamente».
La escena era coincidente con la despedida de una visita que había llegado a la granja desde Colón. El viento se arremolinaba en el jardín convocando recuerdos, cuando el abuelo lanzó al aire lo que me llegó como una invitación compinche: «¿Vamos, ‘capataz’?
(Publicado en "La Granja de los Abuelos").
Chevauchant la tradition
Les choses ne résultent pas toujours comme l’on
aurait voulu qu’elles soient mais comme
elles furent dans la réalité.
Voilà la différence entre ce qui est
faux et la vérité historique.
Du courage des protagonistes de cette époque-là, c’est la voix de Charles Sourigues qui nous parle. Cet arpenteur exceptionnel qui, en compagnie de l’Administrateur de la Colonie et la perception d’Urquiza aida les immigrants à planter cette espérance : « Les générations qui recueilleront mes enseignements pourront dire si, au service de l’éducation commune ou en empoignant la lance dans les batailles j’ai été moins argentin que ceux qui sont nés sur cette terre. ». Un testament d’amour à la Patrie avec la projection vers l’avenir.
Sur toutes chose, le temps écrit le mot: « FIN » Mais pourrait-il le faire avec cette conscience intangible dont les les 530 immigrants pionniers de 1857, étaient imbus ? Enclins au bien, à la droiture, à l’honorabilité, à l’excellence, à la solidarité, au dépassement de l’individu en tant qu’être humain revenu de la situation d’injustice, ils parvinrent à sculpter le son de la nature et ses merveilleux secrets.
En harmonie avec leurs sensibilités, mais sans s’adonner à la banalité dans leur mémoire libre, ils furent immunisés contre l’impossible, ennoblis par la valeur du travail, conscients du caractère transitoire de leur existence.
Une joie complice et définitive s’attarde sur les rétines, en pensant à eux comme des immigrants qui, sans cesser de nourrir de foi leurs chimères, recherchaient depuis l’ardeur de leurs coeurs, un autre monde aux levers du jour cristallins, arraché à l’infini, en dehors des temps. Le vent connaît leurs noms
(Publicado en “La colonie San José ; il était une fois…”, 2008).
Poeta y escritor. Nació en San José, Entre Ríos, el 16 de septiembre de 1941. Cursó los primeros años de estudio en el Colegio Niño Jesús de su ciudad natal y completó el ciclo primario en el Colegio San Agustín de Buenos Aires. Avezado lector, la vida lo encontró desde muy joven expresándose a través de la poesía, y ya lanzado a la aventura de las letras, vivió algún tiempo en la fronteriza localidad de Los Andes, en Chile. En la década del ´70 algunas colaboraciones suyas fueron publicadas en el diario Clarín. Y en septiembre de 1979 su obra "Bajo los Puentes" obtuvo la segunda mención imagen el Festival de los Juegos Florales de Entre Ríos, realizado en la ciudad de Colón. Igual premio obtuvo también al año siguiente en la ciudad de Gualeguay con la obra "Romance de las siete cuerdas", composición ésta dedicada a su amigo Linares Cardozo. En 1981 publicó, junto al poeta Alfredo Jorge Maxit, el libro "Entre Tierra y Canto". Como "letrista y decidor" -según una definición que le es propia- integró el grupo musical Memoria de los Pueblos, desde los inicios de la formación y hasta que en 1991 decidió alejarse, luego de varios años de actuación e importantes reconocimientos. En 1995, la Asociación Cultural El Patio del Poeta publicó "Heredades de Niebla" , obra que fue reeditada en 1999 por el Municipio de San José, con el agregado de otros poemas, prólogo de Enrique Jorge Martí, ilustraciones de María Elena Fernández de Williman y el ensayo crítico "Apuntes para la Poética de Walter Ocampo" de Alfredo Maxit. Entre 2003 y 2007 se desempeñó como Coordinador del Área de Cultura de la Municipalidad de San José. Falleció el 12 de abril de 2015.
Educadora y poetisa. Nació en la casa de sus abuelos maternos a un kilómetro al Sur de La Plaza, localidad que luego fue llamada Villa San José y hoy Ciudad, en el Departamento Colón, Entre Ríos, un verano caluroso y húmedo como son casi todos los veranos entrerrianos. Única hija mujer de María Florentina Duprat y de Alceste Pellenc, llegó a la vida el 24 de enero de 1903 a las doce del mediodía. Allí creció rodeada de amor y belleza hasta que junto con sus padres y sus dos hermanitos menores, los mellizos Hugo y Saimod, emigraron hacia Pergamino, en la Provincia de Buenos Aires. Allí fallecieron los niños a los dos años de edad víctimas de una terrible enfermedad y luego, unos meses después, su madre Florentina el 13 de noviembre de 1907, a los veintinueve años. Nuevamente radicada en suelo entrerriano, terminó sus estudios primarios en la Escuela Juan José Paso de Colón. Fue una incansable lectora, y ávida de conocimientos estudió varios idiomas, entre ellos el francés, italiano, inglés, alemán y hebreo. Se recibió de Maestra Normal Nacional en la Escuela Normal Mixta Concepción del Uruguay en 1922, y al año siguiente ejerció la docencia por primera vez. Su primer trabajo fue en una estancia de la Familia de Lola Philips, quien le prestaba una sala para dar clases, cerca del almacén de ramos generales de Francisco Buffa en la localidad de Arroyo Grande. Luego, un tío suyo -Ernesto Kowalsky- intervino para que fuera trasladada a la Escuela Nº1 Juan José Paso de Colón, y después al establecimiento donde actualmente funciona la Escuela Nº60 Capital Federal de la misma ciudad. Tiempo después fue nombrada Directora de la Escuela Nacional de Mansilla, hoy llamada Libertad Nº40, en Rosario del Tala, y en marzo de 1942 pasó a desempeñarse en Sauce Sur, hasta que por último lo hizo en la Escuela Nº8 de Caseros, en el Departamento Uruguay, hoy llamada Escuela Provincial Corrientes Nº86. Una vez jubilada trabajó como Profesora “ad honorem” de Francés en la Universidad Popular de Colón. Después de sufrir una penosa enfermedad, murió el 19 de agosto de 1968 en la ciudad de Colón, Entre Ríos. Sus restos descansan allí, en el cementerio de la ciudad. Al cumplirse cien años de su nacimiento se organizó un Certamen Literario al que se denominó “Celia Pellenc, una maestra entrerriana”, entre los alumnos de las escuelas donde ella ejerciera. Y la Honorable Cámara de Diputados de la Nación declaró de Interés Cultural la obra de la Poetisa, Maestra y Educadora Entrerriana Celia Catalina Pellenc.
Educadora, escritora, historiadora y poetisa. Nació en la Colonia San José. Realizó los estudios primarios en la Escuela Nº5 “Nicolás Rodríguez Peña” de su ciudad natal, e inició los secundarios en el Colegio “Niño Jesús” también de San José, para finalizarlos en la Escuela Normal “Mariano Moreno” de Concepción del Uruguay. En esta última se recibió de Maestra Normal Nacional. Luego se trasladó a Paraná donde obtuvo el título de Profesora de Historia en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de dicha ciudad.
Ejerció la tarea docente tanto en escuelas primarias, como secundarias y terciarias.
Dictó cursos de Historia en San José, Colón y Concepción del Uruguay. Desarrolló el tema de la inmigración europea en la zona, efectuando investigaciones en Museos y Archivos locales, como así también en los países de donde vinieron los colonizadores, especialmente en Suiza. Varias charlas y conferencias pronunció al respecto, participando en Congresos Nacionales y Extranjeros. En 1991 concurrió a un Congreso Internacional que se desarrolló en la Universidad de Ginebra (Suiza), abordando el tema de la inmigración, y en especial, el rol de la mujer en estos eventos.
Buscó la ampliación de los conocimientos históricos en los países de cultura milenaria, tanto en Africa, como en Medio Oriente y Europa, realizando varios viajes por el mismo motivo.
Escribió en revistas y periódicos importantes de la localidad, de Suiza y de Francia. Integró comisiones culturales, luchando siempre por el mantenimiento de las instituciones, formando parte de la Junta de Estudios Históricos “Facundo Arce” de la Provincia de Entre Ríos. Recibió distinciones especiales, tanto de autoridades locales como del Gobierno de Valais, Suiza.
Sus obras se refieren, especialmente, al proceso inmigratorio regional.
Fue coautora del “Libro de Oro del Centenario de la Colonia San José”, publicado en 1957. Luego, publicó “San José y el Tiro (1859-1980)”, en 1981; “La Colonia San José y la voz del inmigrante”, en 1982; “Figuras representativas de la Colonia San José”, en 1983; “La Colonia San José y la inmigración europea”, en 1986; “Papeles de un inmigrante”, en 1987; “Colón. Documentos para su historia”, en 1988; “Tiempos de Colonia”, en 1988; “Une Colonie Savoyarde”, publicado en Savoie, Francia, en 1989; “Le role de la femme dans l´émigration”, publicado en Le Chable, Suiza, en 1991; “Escritos”, en 1991; “Colonies valaisannes en Argentine”, publicado en Sion, Suiza, en 1991; “¿Quién mató al Padre Cot?”, en 1994; “Historia de San José y Colón”, en 1997, conjuntamente con el Profesor Carlos Conte Grand; “Juan José Durandó. Una historia”, en 2000; “Los franceses en la Colonia San José”, en 2000; “La Iglesia de San José”, en 2001;
“Les francais de la Colonie San José”, publicado en Allinges, Francia, en 2002; “Les francais dans la Colonie San José”, en 2002; “Alejo Peyret”, en 2002; “Alejo Peyret. Él y los muchos”, como coautora, en 2002; “Urquiza en la Colonia San José”, en 2002; “El idioma en la Colonia San José”, en 2005; “El silencio del abuelo”, en 2007; y “L´inmigration dans la province d´Entre Ríos: Alexis Peyret et la Colonia San José”, como coautora, publicado en Gascogne, Francia, en 2008.
En 2004, la Editorial Corregidor de Buenos Aires, publicó la segunda edición de “Tiempos de Colonia”, y en 2007 fue coautora del “Libro del Sesquicentenario de la Colon". En 2009 publica "Carlos E. Prelat: vida y obra".
En 2013 publicó “Cartas e Informes – Colonia San José” .