Biblioteca Popular General Urquiza



GUIONET HECTOR


Educador, poeta y escritor. Nació en San José, Entre Ríos, La Place de los inmigrantes, donde cursó los primeros estudios. Se trasladó después a la vecina Concepción del Uruguay para hacer el bachillerato en el Colegio Nacional fundado por Urquiza y asistir a la Escuela Normal. Pupilo en la Sociedad Educacionista “La Fraternidad” de la misma ciudad egresó con medalla de oro que entonces le fuera ofrecida por el poeta Córdova Iturburu, en nombre de la Asociación de ex-Internos. Ya en la Capital Federal, se especializó en Estudios Orientales en la Universidad del Salvador. Electo Legislador, presidió la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados de Entre Ríos, proyectó el trazado del puente internacional Colón-Paysandú y el parque El Palmar, ambas iniciativas concretadas. Presidente del Consejo General de Educación instituyó una revista de educación, “El Boletín” y fundó la Escuela Normal de Maestras Rurales “Almafuerte” de La Picada, en el departamento Paraná. En Buenos Aires fundó el Instituto Grand Bourg en 1964, cuya dirección general y posterior rectorado ejerció durante treinta y cuatro años. En 1961 fue invitado por el Board of Education de los Estados Unidos y en 1963-1964, para una pasantía sobre organización y métodos de enseñanza, por el Ministere des Affaires Etrangeres de Francia. Publicó la historia de la Colonia San José –memorias- y la biografía novelada de una mujer nacida en su seno, Petronita. En 2002 participó invitado del Salon du livre de Montagne en la alpina Passy, donde fue traducido al francés. En 2006 publicó “La aventura educativa, con testimonios del aula y de la vida”, y en 2007 la edición bilingüe de la “Granja de los abuelos”. En 2010 el Honorable Consejo Directivo de “La Fraternidad” de Concepción del Uruguay le otorgó por unanimidad la prerrogativa de Fraternal Distinguido. En 2012 publicó “Aquellos jóvenes años: bullicios de la memoria” y en 2013 “Hacedores de un tiempo para la Historia”.

Textos

 

100 años

Las Bibliotecas

Los Viñedos

Tito Pupilo

Un espejismo

Buscando en la nada

Sueños en Sulky

Un nuevo desafío

Ida y vuelta

El anuncio de la Vida

Chevauchant la tradition         

 

 

100 años

 

A la Biblioteca Popular

General Urquiza

en su centenario.

 

Arrellanado en una mesa

de las que recogen historia

en la Biblioteca Urquiza,

abandoné la lectura.

Quería repasar ese día

la fila de actividades:

Nada

es tan importante

-me dije-.

regresándolas, confundidas,

a la noche del pensamiento.

 

Al levantar los ojos

busqué dónde apoyar el recuerdo:

descubrí un palomar de libros

desgastados de tiempo

y vi asomarse una mancha

-sedentaria humedad-

que pareció desgarrarse

en fragmentos entrañables.

 

Malherido,

oí el estruendo

de un silencio de latidos.

Y quise participar,

disfrutar hasta que duela.

 

Entonces se encendieron

y animaron las imágenes

de una noche luminosa

¿bajadas de las estrellas?

Resplandecientes

se escucharon sus voces:

la de Enrique,

fundacional;

desde un soplo de altura

Lucía, con urgencias

acopiando sentimientos

para plantarlos juntos.

 

Cosquillas

y singulares anteojos

anunciaban a Luis

-el del cine de la Biblioteca-

(domingos gratis, para gurises)

 

Perforando la niebla,

enseguida se sumaron

las formalidades de Ernesto

-de la Comisión Directiva-

y, casi esfumada, Lidia, la maestra

haciendo volar libros sin dueños…

 

Una profundidad de recuerdos,

donde pierden materialidad,

continúa liberando cada historia

como un bien del espíritu.

 

La Biblioteca

vigilaba aquel silencio

hasta que estalló, radiante.

 

Ella lo percibe

desde hace cien años

cuando descubrió

su destino, estupefacta:

dar luz.

Cómplice, inasible,

mágico, vuelve cada día,

desesperado por expandirse,

pero encarnado en San José.

 

 


Las Bibliotecas

 

Cuando tomaron la decisión de emigrar, la mayoría de aquellos seres humanos que desembarcaron el 2 de julio de 1857 y los que los sucedieron después por el camino del inmigrante trazado por ellos, lo hicieron con el coraje para reabrir en América el comienzo de otra historia, en un viaje sin retorno. Y así, trajeron con ellos todo lo que les fue tolerado en cada uno de los barcos que se hacían a la mar.

Hermanados con la aventura, cargaron también un espíritu de progreso: la tradición heredada de los abuelos y la curiosidad. No excluyeron de sus equipajes los libros que habían acariciado en la tierra que dejaban y que les habían ayudado a darles un perfil a sus vidas; tal vez, una esperanza. Los había de carácter político, religioso, filosófico, con las letras de las canciones del terruño nativo, técnicos, el infaltable misal o los himnos con los que se sentían gratificados espiritualmente.

Ya en sus modestos hogares de la Colonia San José, crearon un petit coin donde alguien de la familia leía, a veces en alta voz, para quien se había acercado, atrapado por un momento tan único, un oasis generador de apetitos intelectuales o de información.

Esos petits coins serían las primeras bibliotecas de carácter privado, si bien las hubo importantes.

 

(Publicado en "La Colonia San José, inmigrantes", 2007).

 


Los Viñedos

 

Cuando los inmigrantes dieron una palmada de adiós a las montañas de su país, a los rincones queridos, a las voces y los ruidos familiares, y dejaron la rutina de cada jornada para enancarse en la aventura de cruzar el inmenso océano, traían todo eso enraizado en sus tradiciones.

Aquí echaron las bases para continuar con ellas.

Así, organizaron democráticamente la comunidad e hicieron realidad por primera vez en el país el sufragio secreto; la educación fue una de las prioridades, al igual que la práctica espiritual. La plantación de  centenares de hectáreas con viñedos fue un éxito hasta que la industria vitivinícola entrerriana se vio, desde 1914, atropellada y arrasada por inspectores oficiales: se proponían proteger poderes e intereses monopólicos cuyanos destrozando con picos toneles y alambiques. En 1936 una ley inmoral impulsada por el diputado conservador Patrón Costas, se hizo eco de los reclamos del gobierno mendocino que se quejaba por la competencia nacional e internacional de Entre Ríos. Todo desde las sombras, inmerso en un tufillo sutil y corrupto. La provincia era gobernada por el señor Tibiletti y a ese tiempo la gente lo llamó “la década infame”.

Trasladado a los protagonistas de un trabajo herido para siempre, pegados a la bronca y al desánimo, ¿habrán sentido en aquellos momentos algo menos que el desfondarse del orden establecido?

La adversidad no consiguió encorvarlos, pero esto es un ejemplo de lo que no debe hacerse. La autoridad emana sólo del pueblo y es a él a quien deben servir, en cualquier tiempo, los que pretenden ser sus representantes.

La fuerza de hoy no podría corregir lo que lamentablemente “ya fue” pero su tratamiento light o simplemente periodístico no ayudaría a galopar hacia la transparencia histórica.

La tradición de la vitivinicultura desarrollada en la Colonia San José, coincidente con los intereses del país, quedó en el tiempo como un milagro mutilado.

Los colonos nunca fueron, sin embargo, rehenes de la tristeza en sus propósitos de hacer de éste, el posible hogar que busca todo exiliado.

 

(Publicado en "La Colonia San José, inmigrantes", 2007).

 


Tito pupilo

 

El “portarse mal” hizo que se lo ubicara al poco tiempo como pupilo en el  colegio “de las hermanas” durante  un largo año.  Sin ninguna salida, salvo la  dominical, en fila, para ir del colegio a la iglesia, siempre que la conducta observada durante la semana a criterio de quienes tenían poder de decisión, fuese satisfactoria. De no ser así, debía permanecer en el colegio mientras los demás hacían esa “excursión” de apenas tres cuadras. Al mismo tiempo cursaba el tercer grado. Muy lejos de un necesario ambiente  formativo para una criatura, parecía condenado a pasar por un infierno anticipado. Una de las  hermanas -L.G- que utilizaba el nombre de un santo, al encontrarse con el hijo de Petronita en la  galería del colegio, le aplicaba una fuerte cachetada. Y él se preguntaba en silencio: “¿por qué?”, sin encontrar elementos para poder ensayar una explicación. Con frecuencia el lugar de castigo era el “cuarto oscuro”. Nunca le explicaban las razones. Nunca una palabra de afecto, jamás una tarea de persuasión orientadora o de didáctica. Tiempo muy duro para él, que descubría sin anestesia un mundo tan diferente. Y que lo signaría tanto.

Arrancado de su hogar, itinerante entre la colonia y el campo, separado de Petronita y de Lela, después de Luda, de su padre, de la calle, había sido depositado en un lugar que no entendía y donde no encajaba. La comida era absolutamente distinta de la que estaba  habituado, y tenia como  base las legumbres: porotos, garbanzos, lentejas. Como comerlos le producía arcadas, debía permanecer en penitencia después del almuerzo, delante de su plato de lentejas hasta  terminarlas. Y  no era una amenaza sino una orden .

La pena se levantaba a veces a las tres de la tarde, habiendo permanecido solo, delante de su plato, desde las doce. Si bien la comida resultaba pésima para él, el pan blanco era abundante y, entonces, hacía un gran hoyo quitando trozos de miga  y los rellenaba de lentejas, luego los cerraba y los tragaba enteros.

Lo que degustaba como un manjar era el té solo, con una galleta, que se tomaba a la tarde, preparado en la cocina por dos hermanas, una de ellas  de nombre “San Judas”. Sus hábitos y aliño aparecían menos cuidados que el de las demás hermanas cuya presentación era impecable.

A la noche, el reducido grupo de pupilos varones, unos seis o siete que habían ingresado como “excepción” iban en fila a dormir fuera del colegio, en la casa de la señora Noir, a dos cuadras y media del colegio. La rutina era llegar, desvestirse y dormir. Los otros chicos eran más grandes que Tito, todos de la colonia y por lo tanto con costumbres y diálogos distintos a los que él estaba habituado con sus compañeros de “la villa”. Más chico, con intereses y actitudes diferentes, se producía una marginación casi natural.

Sin una palabra de estima de nadie, cuando un domingo por la mañana debió quedarse sin ir a misa como penitencia y una hermana de nombre “María Esther” le dijo -distante aunque con voz amable- que debía razonar sobre que, “si se portaba mejor”,  podría ir el domingo siguiente, le pareció tocar el cielo con las manos

Se rezaba con frecuencia. Y se escuchaban las amenazas con el diablo, el fuego,  el  infierno ubicado muy abajo, en lo profundo insondable de las sombras para aquellos que no observaban las reglas.

Enviado a la clase de niñas para cumplir con uno de los castigos, y ubicado de espalda en el frente, delante de un cartel, Tito observó en él los nombres

movibles de todas las chicas de la clase representadas con figuras de angelitos rubios  y, abajo, la figura del demonio entre el fuego, con el nombre de una de ellas. Cuanto mejor se  comportaban y más eficientes eran, más se alejaban del diablo, ocupando los primeros lugares del cartel donde estaba dibujado el cielo.

Era un tiempo en que algunos hogares, especialmente de la colonia, aspiraban,  empujados por la tradición, a que  al menos uno de los hijos fuera cura y que entre las hijas alguien tomara  los hábitos de monja por vocación o incluso por imposición .

Su madre solía visitarlo. Viajaba con Lela desde la colonia. La entrevista se hacía en la sala de visitas con la presencia de una hermana: ocasionalmente, era reemplazada por “la madre”.

Atónito callado, escuchaba cómo se informaba a su madre que se portaba bien y era un buen alumno. Cuando Petronita se iba con Lela, se preguntaba por qué  debía quedarse. Petronita le llevaba  chorizos secos de la colonia y  también otras  facturas. Al partir, las religiosas se hacían cargo de la caja. A él le daban, una vez, una porción de unos cinco centímetros,  después no veía más  su  paquete. Cuando pasaba por la galería  quien lo  había “guardado”,  la miraba esperanzado en poder recibir algo más. Nunca sucedió.

Alguna  vez, Luda lo visitaba al atardecer y le llevaba caramelos. El protocolo era el mismo: la hermana siempre presente, significando que “ahora” se portaba bien... Palabras  poco elocuentes para él que, en su inocencia, no alcanzaba a darse cuenta  qué estaba mal a los ojos de los demás. Recibía entonces los caramelos  “en tránsito” ya que inmediatamente después de la visita pasaban a manos de la hermana que había acompañado celosamente el encuentro, con simpatía convencional.

Al día siguiente era llamado para entregársele dos, o por equivocación tres, generosamente. Si en ese momento se encontraban otros chicos varones pupilos, recibían uno  cada uno. Luego se esfumaban. Aunque no le pareciera justo, Tito callaba. El “cuarto oscuro” y otras “penitencias” se constituían en disuadores. Además, se trataba de “la hermana”, o eventualmente “la madre”, que era como decir en ese entonces el doctor o el cura, todas autoridades indiscutibles, infalibles y acreedoras de “respeto”. La actitud debía ser de estricto  acatamiento, aunque interiormente se experimentara un sentimiento de impotencia.

 


Un espejismo

 

Héctor, que presuntamente sería quien indicara que debía ir   pupilo, su tío Luis y su tía María Teresa  -que vivían en San José-  nunca fueron a verlo durante aquel año. Sólo lo hicieron Petronita con Lela, y Luda. Todos muy lejos de imaginar lo que estaba pasando por aquel chico de ocho años, hasta entonces un incendiado de vida.

 Romper el silencio habría sido inútil para Tito. Sus palabras se hubieran subestimado aceptando las eventuales explicaciones de las hermanas  y pidiéndole a él, además, que “se portara bien”. La rebeldía ante lo injusto debía  permanecer guardada, acrecentando  lo privado, la vida interior, aunque se tratara de una dura y cruel realidad que él hubiera querido distinta.

Es que Petronita había estudiado en el Colegio de las Hermanas, cuando sólo era para mujeres. Una queja de Tito o pedido, hubiera sido sospechada de

exageración, debiendo después, solo, enfrentarse con las secuelas de haberse arriesgado a expresar  con espontaneidad un sentimiento real ante su madre

Pero no  todo resultó negro durante aquel año. Aunque fugaz, sin palabras, sólo con alguna sonrisa cómplice, fue también el estallido del encuentro con una chica pupila. El la veía  muy mayor, desde sus ocho años, aunque ella no excedía los quince o dieciséis. La iniciativa fue de Tito, cuidando de que los demás no lo advirtieran, en especial las hermanas presentes. Resultó que, como excepción, un atardecer, se había autorizado a pupilas y pupilos a ir hasta las rejas de la entrada para desde ahí ver una película de carácter seguramente religioso, que se exhibía ese día  al aíre libre en la “terraza” del cine Urquiza, donde después sería construida la nueva sala, a una cuadra del colegio.

Ocurrió como una búsqueda  no programada de contacto, de aproximación, de calor humano, como una necesidad. Ese instinto biológico que excede lo objetivo y lo racional, sin demasiadas especulaciones sobre las nunca descartables consecuencias posteriores.

Acariciado por dos ojos negros y una sonrisa fácil, advirtió que su cabello era renegrido, naturalmente ondulado, la tez pálida.  No era linda, pero sí cálida. Tito sintió que a ella le agradaba. Y vivió el acercamiento, un nuevo placer, la expresión de otro esplendor.

Como un oasis único, casi un espejismo accidentado, duró sólo el tiempo de la película con sus cortes.    

 


Buscando en la nada

 

Sintiendo que lo injusto y el mal trato se habían desbordado, y sin haberlo planeado, al observar un día que la puerta de calle había quedado abierta, se escapó.

Salió corriendo y buscando asirse a algo, o a alguien. Y,  aunque sin conocer entonces el significado de su nombre, acaso a la libertad. Tan rápido como pudo llegó hasta la esquina de Sarmiento y Mitre, donde el paredón del colegio hacía ochava. En ella se detuvo para pensar: “¿a dónde voy?”, ¿a la casa de su tío  Félix Decurgez , casado con Leonides Bastian, la hermana de Petronita  que tenía un chalet a una cuadra, para pedirle que lo llevara a la colonia con su madre?. Y entonces, el cálculo de posibilidades: ¿lo haría o lo devolvería al colegio? ¿lograría que alguien entendiera lo que él quería explicar para poder liberarse de la noche en  que vivía ?.

Las dudas se acrecentaron y se sintió inmerso en el océano de una inmensa soledad .Buscando en la nada, mientras cavilaba en qué hacer, observó que una de las monjas, con su uniforme negro agitado por el viento, asomándose por el portón de entrada a la puerta principal , miraba nerviosamente  a cada lado .

Después de un tiempo fue localizado y persuadido en la calle con promesas para que volviera. Y así fue.

Las sombras del anochecer borraban paulatinamente el edificio del colegio del Niño Jesús (“de l’ enfant Jésus”), del patio con sus pozos ciegos, de un tiempo inestable y cambiante, como la vida, de un año de la década del treinta.

Tito ensayó después nuevas formas para adaptarse por propia determinación: el sacrificio físico, la penitencia, la aceptación de la realidad exterior; todo, pensaba, como ofrecido a Dios, a un absoluto inmaterial representado en la estatua pero con residencia más allá de las nubes. Buscando el cambio, la vuelta a un hogar esfumado. Mientras, escuchaba que sólo  la observación estricta de las reglas establecidas  conducirían a él. Pero su espíritu libre, enraizado de infinitos, había quedado herido definitivamente.

 

(Publicado en "Petronita, un canto a la vida").

 


Sueños en Sulky

 

Entre Ríos es una tierra dibujada por dos ríos que vienen de muy lejos, desde que el mar se retiró dejándonos, reconocido, un paisaje único de cuchillas de piel verde, para disfrutar. Fue entre ellas, en San José, en la ribera izquierda del río Uruguay, que pasé mis primeros años de formación.

Tras egresar, al año siguiente fui designado maestro suplente en la Escuela Provincial Nº 9 de Colonia Nueva al Norte. Estela, la directora y vecina, viajaba todos los días con movilidad propia: un sulky tirado por un noble equino que con el andar de los años se había hecho de la familia. Compartía este medio de locomoción con ella. En invierno, la brisa helada hacía que Estela se arropara tanto que sólo a través de los ojos continuaba manteniendo el contacto con el mundo exterior.

Yendo al trotecito, a la distancia ya se divisaba la escuela.

En una de sus aulas la directora atendía el trabajo administrativo, al mismo tiempo que daba clase a primero y segundo grado. Los otros cinco grados, también dictados simultáneamente, estaban a mi cargo.

 


Un nuevo desafío

 

¿Por dónde empezar? Todo era novedad y, en la emergencia, de poco me servían las clases modelo que había preparado siendo pupilo en “La Frater”, con el auxilio de algunas compañeras solidarias. Pero sí me ayudó su recuerdo: Bonus, Regnet, Morend, siempre listas para desgranar amistad preparando el material que me era indispensable, en sus propias casas. A un así, la metodología pareció desintegrarse cuando empujado a

la arena por las ganas, conocí al grupo asignado que, con una multiplicidad de juicios, aguardaba al novel educador.

Diría que en aquel trabajo de maestro suplente iniciado en una escuelita rural con cinco grados simultáneos, más que los proyectos que había elaborado y los conocimientos previos, me ayudaron substancialmente el sentido común y el entusiasmo.

La organización y el conocimiento mutuo fueron mejorando con el andar de los días. A mayor comunicación, también se hizo un mejor uso de la libertad. Y lejos de tropezar con las dificultades esperables, de esta experiencia coseché la pasión por desbrozarlas.

“La vida consiste en aprender a amar”, dice el Abbé Pierre. Aquel hito educativo me ayudó a hacerlo, dándome cuenta de la armonía que encerraba. Se sumó el espacio celeste, todo el verde y la percepción en las mejillas del aire rebotado de las cuchillas que siempre, en el campo, cuenta cosas: un ofrecimiento sutil de la naturaleza.

 


Ida y vuelta

 

Aquellos chicos, cada día, escribían sin advertirlo su propio poema y yo aprendía de sus inocencias y también de sus carencias campesinas.

Un testimonio nacido en aquel tiempo me muestra un día de clase: el aula repleta; algunos escuchan mientras, otros, tratan de resolver el trabajo previamente asignado. Entre los que atienden, está el menor del grupo: bajito, cara redonda, cabello

castaño con un flequillo que cae sobre su frente. Provenía de una granja vecina, la de los Pent, familia emblemática del lugar, y estaba sentado en el primer pupitre. Su nivel era el de tercer grado. Siempre atento con su compostura y sus grandes ojos que parecían contener una poco disimulada tensión. Una vez, al dirigirme a él, advertí que no sabía de qué se trataba. Sabio, había guardado un inocente mutismo, pero sus expresiones de atención externa, no habían significado aprendizaje. Tratando de encauzarlo para que subiera él también al tren de lo que estábamos hablando, lo hizo con aceptación y un respeto nacido seguramente de recomendaciones del hogar. Al explicarle a su medida, pareció tocar el cielo, y respondió con una sonrisa. Por un momento, Colón y los vikingos quedaron desplazados ante la inmensidad de su encuentro con una nueva, estremecida verdad, la de “su descubrimiento” personal. Fue incapaz de hablar para no descomponer una tradicional actitud de inalterada corrección. Sin embargo, liberándose del corset cultural, no pudo disimular que lágrimas de alegría se insinuaran en sus ojos.

Al abrir la tranquera de aquellos días, pienso que no puede haber nada bueno o inocente arrancado del alma que muera para siempre. En aquel sulky y en esa escuelita de campaña, experimenté por primera vez el don de educar.

 

(Publicado en "La Aventura Educativa : testimonios del aula y de la vida").

 


El Anuncio de la Vida

Siempre fuera de los límites de la casa de familia, vecina al potrero de los terneros, había una habitación donde reinaba el silencio: es que, unas treinta cluecas, cada una en su nido, con la puerta cerrada (sólo faltaba el cartelito de “No molestar”), transmitían calor a sus quince huevos que, cada día, hacían girar con sus picos.

Todo en un cajón de madera armado con paja, mientras aguardaban, perseverantes, el transcurso de los 21 días y sus noches necesarios para que la vida, que habían contribuido a desarrollar, se anunciara. Y lo hacía mediante el asomar de los picos con que los hijos por nacer comenzaban a romper, lentamente, el cascarón.

Luego se erguía el tambo, con techo y laterales de chapa y madera, de unos setenta metros. En el corral, decenas de lecheras acostadas, rumiando los recuerdos del día anterior y el pasto consumido, desentendidas, esperaban ser emplazadas, sin derecho a apelación. Siempre distraídas, con los ojos albergando una mirada perdida, volvían a la realidad como preguntando  ¿ya me toca a mí? Entonces, respondiendo a la intimación, se dirigían lentamente al tambo, con sus ubres cargadas, donde las esperaban los ordeñadores; previo «apoyo» del ternero –lo que hacía que la madre dejara fluir la leche – comenzaba el ordeñe a mano. Concluido, cada ternero se conformaba con «el saldo», pero después, al acompañar a sus madres durante toda la mañana, se desquitaba bien.

Apagados los faroles, aún contando con la ayuda de la luz de la luna para atenuar las sombras de la noche y después de haber colaborado en el tambo, Yeya (Serafina Fellay) volvía a la cocina con dos baldes que desbordaban de leche recién ordeñada: era para el consumo de la casa, donde ella servía hacía 25 años. El abuelo y el muchacho  que hacía de peón colmaban los tachos de leche que después, acondicionados en la jardinera en una madera agujereada que los contenía, eran llevados por Pedro Woeffray hasta San José para el reparto domiciliario. Al regreso, era la abuela la que hacía de computadora, sentada junto a la mesa de la cocina: provista de una libreta, comenzaba a descargar la metralla con los nombres de los marchantes (clientes): “Allois”, decía con voz inquisidora, a lo que el repartidor, de memoria, respondía: «1 litro y ½», «Bel»: «1/2» , “Duconquère”: «2»... así, cada día, hasta fin de mes en que, con la colaboración de una de las hijas, hacía las facturas.

En aquel tambo aprendí con el pizarrón de una experiencia de vida, algunos de sus secretos. Así como no se ordeñaban todas las vacas, una de ellas era elegida por mí como propiedad transitoria para tomar infinitos vasos de leche recién ordeñada; entonces advertí que los gustos eran cambiantes según el animal y, de ahí, o de situaciones similares, se despeñaba la catarata de los porqués del «capataz» –a veces insólitos– que ponían en aprieto la experiencia del abuelo, cuya respuesta, alguna vez, era una alegre carcajada.

Parte de la leche se procesaba quitándole la crema para posibilitar a la abuela un porfiado trabajo hasta convertirla en manteca. Lo que quedaba se encaminaba al domicilio de los cerdos que la esperaban ansiosos junto a sus bateas, caladas en troncos de árboles.

La granja funcionaba como un mecanismo de relojería suiza, impulsado por la energía derivada por las ganas de hacer y donde la responsabilidad era algo así como el primer mandamiento. Todos colaboraban, apuntando a un trabajo eficiente y se valoraba la iniciativa. Como mis visitas eran ocasionales, mis obligaciones también eran transitorias: cebar mate, carpir, montar a caballo sobre un diminuto cuero de oveja para buscar hielo hasta la usina de «los Bard» en San José, guardar las formalidades del saludo matutino, especialmente a la abuela, según lo aconsejaba la estrategia, cambiar de potrero a los animales o llevar los patos a la laguna para que disfrutaran de su agua mansa: después de una marcha apremiante debían –los que se rezagaban– valerse de sus alas para vuelos bajos, como preparándose para una maratón; ya en la laguna, los observaba, escuchaba su lenguaje de satisfacción, analizaba sus movimientos... y aprendía de ellos. Todo con la posibilidad de ser realizado en armonía con la edad, mientras se sucedía el tiempo de mi primera década de vida.

Para mí ir «a la colonia», o sea a la quinta de los abuelos, era un sentimiento siempre vigente, una fantasía necesaria sólo comparable con la ida «al río» (al balneario de San José). Sobre eso, Luis, el hermano menor de mi padre, con quien era muy compinche, me aguijoneaba, con un matiz de chanza: «Oh, bien que sí, gringuito de la colonia». Para nuestro hablar regional, aquel calificativo estaba dirigido a todo aquel que habitaba la zona rural, independientemente de su origen étnico.

Me sentía muy bien inmerso en la naturaleza. Era como un animalito en su hábitat, viviendo casi en plena libertad. A veces derribaba límites con el poder de un soplo de vida que se desbordaba; ajeno a racionalizaciones, con ocurrencias que se originaban en la espontaneidad, generaba el asombro, como cuando, un luminoso domingo, durante el paréntesis en el juego de «burra» para tomar el té, la abuela Adelina fue informada de una catástrofe: sus privilegiados pavitos no estaban cuando les habían pretendido acercar la comida. Conmoción generalizada y comienzo de la búsqueda. La clueca, con las plumas de punta y sin parar de rezongar corría de un lado para otro en soledad. En un momento dado, escucharon piar y el grupo, solidario, se arremolinó en el lugar; «¿¡Cómo», dice la abuela, «se oye piar y no están los pavitos!?», implícitamente imaginándolos en otras dimensiones. Por fin alguien, tal vez el cura, elevando su mirada hacia los cielos se estremeció al ver dibujarse un milagro: los pavitos, en multitud desordenada, corrían de un extremo al otro del techo del toilet. Escalera mediante, fueron descendidos y reintegrados a su madre. Al disponerse a volver a la mesa de «burra», uno de los visitantes, con ingenuidad, desentendido de lo que pasaba, conmovió al ambiente con un obvio interrogante: «¿Dónde está el Tito?».

Parece que ese domingo le fue bien a la abuela en el juego porque un silencio -seguramente muy concurrido de imágenes y expresiones que se refugiaban en su mente- permaneció inviolable. Al transgredir barreras, se necesitaba de él para el reacomodamiento de la convivencia.

Bien orientado y administrado desde la cúpula, el equipo de la granja funcionaba, cada uno sumando el aporte de su decidida colaboración. Cuando dos de las hijas menores, aún solteras, comenzaron a ejercer la docencia, aportaban  la mitad de su sueldo entregándosela al abuelo Juan, que la guardaba en «el baúl», constituyendo un fondo común; la otra mitad les era depositada por él en la caja de ahorros de cada una.

Lo espiritual también dibujaba su espacio: naturalmente, lo religioso, enraizado en sus vidas, las penetraba como el fuego al carbón, vivificándolas y cambiando su naturaleza.

La atmósfera de la granja parecía robustecida por aquella tradición de contenido bíblico, con un convencimiento sin grietas, que no se discutía:

«La Sagesse a guidé le juste par le droit chemin, en lui montrant la royauté de Dieu et lui donnant la connaissance de choses saintes: Elle a béni son travail et fait fructifié ses labeurs».

(“La Sabiduría ha guiado al justo por el camino derecho, mostrándole la vigencia de Dios y dándole el conocimiento de las cosas santas: Ella ha bendecido su trabajo y hecho fructificar sus emprendimientos”.)

   

Tampoco la música era ajena al lugar: cuatro de los hijos la leían y tocaban un instrumento musical, especialmente el piano o el violín.

Una vez le dispararon a quemarropa un interrogante al abuelo: «¿Por qué, don Juan, no les enseñaron el francés a sus hijos?», a lo que él con el simplismo que lo caracterizaba respondió: «No quise que se repitiera con ellos lo que me pasó a mí al ir a la escuela donde no entendía nada y así durante todo un año». Sin hacer referencia explícita a ello, dejó al desnudo la secuela de un egoísmo retrógrado que se impuso inexplicablemente en aquel tiempo, negando a los chicos de la colonia la posibilidad de una enseñanza bilingüe inicialmente y renegando entonces, en los hechos, del principio pestalozziano: «Paso a paso y acabadamente».

La escena era coincidente con la despedida de una visita que había llegado a la granja desde Colón. El viento se arremolinaba en el jardín convocando recuerdos, cuando el abuelo lanzó al aire lo que me llegó como una invitación compinche: «¿Vamos, ‘capataz’?

 

(Publicado en "La Granja de los Abuelos").

 


Chevauchant la tradition

                                                                                

Les choses ne résultent pas toujours comme l’on

aurait voulu qu’elles soient  mais comme

elles furent dans la réalité.  

Voilà la différence entre ce qui est

faux et la vérité historique. 

 

 

Du courage des protagonistes de cette époque-là, c’est la voix de Charles Sourigues qui nous parle. Cet arpenteur exceptionnel qui, en compagnie de l’Administrateur de la Colonie et la perception d’Urquiza aida les immigrants à planter cette espérance : « Les générations qui recueilleront mes enseignements pourront dire si, au service de l’éducation commune ou en empoignant la lance dans les batailles j’ai été moins argentin que ceux qui sont nés sur cette terre. ». Un testament d’amour à la Patrie avec la  projection vers l’avenir.

Sur toutes chose, le temps écrit le mot: «  FIN »  Mais pourrait-il le faire avec cette conscience intangible dont les les 530 immigrants pionniers de 1857,  étaient imbus ?  Enclins au bien,  à la droiture, à l’honorabilité, à  l’excellence, à la solidarité, au dépassement de l’individu en tant qu’être humain revenu de la situation d’injustice, ils parvinrent à sculpter le son de la nature et ses  merveilleux secrets.

En harmonie avec leurs sensibilités, mais sans s’adonner à la banalité dans leur mémoire libre, ils furent immunisés contre l’impossible, ennoblis par la valeur du travail, conscients du caractère transitoire de leur existence.

Une joie complice et définitive s’attarde sur les rétines, en pensant à eux comme des  immigrants qui, sans cesser de nourrir de foi leurs chimères, recherchaient depuis l’ardeur de leurs coeurs, un autre monde  aux levers du jour cristallins,  arraché  à l’infini, en dehors des temps. Le vent connaît leurs noms

 

(Publicado en “La colonie San José ; il était une fois…”, 2008).



OCAMPO WALTER


Poeta y escritor. Nació en San José, Entre Ríos, el 16 de septiembre de 1941. Cursó los primeros años de estudio en el Colegio Niño Jesús de su ciudad natal y completó el ciclo primario en el Colegio San Agustín de Buenos Aires. Avezado lector, la vida lo encontró desde muy joven expresándose a través de la poesía, y ya lanzado a la aventura de las letras, vivió algún tiempo en la fronteriza localidad de Los Andes, en Chile. En la década del ´70 algunas colaboraciones suyas fueron publicadas en el diario Clarín. Y en septiembre de 1979 su obra "Bajo los Puentes" obtuvo la segunda mención imagen el Festival de los Juegos Florales de Entre Ríos, realizado en la ciudad de Colón. Igual premio obtuvo también al año siguiente en la ciudad de Gualeguay con la obra "Romance de las siete cuerdas", composición ésta dedicada a su amigo Linares Cardozo. En 1981 publicó, junto al poeta Alfredo Jorge Maxit, el libro "Entre Tierra y Canto". Como "letrista y decidor" -según una definición que le es propia- integró el grupo musical Memoria de los Pueblos, desde los inicios de la formación y hasta que en 1991 decidió alejarse, luego de varios años de actuación e importantes reconocimientos. En 1995, la Asociación Cultural El Patio del Poeta publicó "Heredades de Niebla" , obra que fue reeditada en 1999 por el Municipio de San José, con el agregado de otros poemas, prólogo de Enrique Jorge Martí, ilustraciones de María Elena Fernández de Williman y el ensayo crítico "Apuntes para la Poética de Walter Ocampo" de Alfredo Maxit. Entre 2003 y 2007 se desempeñó como Coordinador del Área de Cultura de la Municipalidad de San José. Falleció el 12 de abril de 2015.

Textos

 

         Trinchera de luz

          Serenata por Gilito

          Gatos

          Caridades

          El Molino

           

 

Trinchera de luz

 (Poema dedicado a la Biblioteca Popular General Urquiza, con motivo de su 90° Aniversario, -24 de Abril de 1994-).

  

A mi niño, a los niños:

amen este lugar, vértebra esencial

para mantener un pueblo de pie

 

Donde un leve rocío

se ha volcado torrente.

el trazo libertino

de sensuales poetas

viste el hábito polvo

del tiempo anacoreta.

La historia se aglutina

en arcones foliados.

Grita su olor a encierro

un Pascal intocado

donde goza su furia

hambrienta una polilla.

Y la araña engolilla

algún tomo sagrado.

Bulle el recinto insomne

cuando el bibliotecario

determina la noche,

de un giro carcelario.

Y practica otros mundos

de distinta locura.

La luz arma su fiesta,

cunde en la sala oscura.

Freud salta y simula

ser mono de organillo,

Caperucita zurce

los viejos calzoncillos

de Morgan el Pirata.

Alfonso x, El Sabio,

habla y mete la pata

en un diálogo ardiente

con la Bella Durmiente.

Rafael los retrata.

Cuelga Homero en su barba

a los 7 Enanitos,

Cervantes rompe lanzas

con el Patoruzito.

Ver a Los Miserables

con Víctor Hugo en andas,

mil reyes degollados,

culebras algebraicas...

Y Cortázar echando

cuentos como pañuelos

en un aire de barro

con un suelo de cielo.

Pablo poeta El Grande

con su mano de azúcar

empareja Los Andes.

El otro Pablo Inmenso

que mareó el arco iris

corre escupiendo flores

que remasca Platero,

Platero, Burro Entero,

entre sabios doctores.

Día de éstos, hurgamos

tu arsenal colorido

por el disfraz que tenga

un ardid cerrajero,

la dosis de sigilo,

un duende compañero

para poner en vilo

al flaco del llavero.

Entraremos callados.

Llevaré unas letrillas

ínfimas como éstas,

cantadas a la orilla

de un arroyo lejano.

El duende en una mano

un rayito de luna

que beberemos todos

brindando por la vida

cuando suene a maitines

la campana atrevida.

Vos, pequeño artesano

de la fresca inocencia,

al tiovivo académico

le colgarás tu ciencia

de palabras infieles

a todo diccionario.

Cuánto reirá Nebrija

con la suma prolija

de tu vocabulario.

Montados en pegaso

correremos la historia

como bajo una lluvia

de flores y metales.

Irás desenredando

complejas geografías;

yo, apenas evitando

las estatuas triviales.

Cuando, esfumado el duende,

volvamos a la calle

reiremos de otro modo,

de otro modo amaremos.

Al flaco de la llave

le daremos las gracias

porque en su biblioteca

esconde un sol inverso

que mitiga en los hombres

la sed de ser eternos.

 

(Publicado en "Heredades de Niebla y otros poemas", 1999).

 


 

Serenata por Gilito

 

Subiste por la cuerda y la madera

hasta la flor de alguna melodía.

Y prendido como una enredadera

a una reja te halló la luz del día.

 

Ojos de fuego en largas trasnochadas

no los besó el amor, duende escarlata.

Tu sangre por alcohol adulterada

desbordó su pasión en serenatas.

 

Cada noche fue un río cadencioso,

cada estrella, un farol en tu escenario.

Cada ventana, un hueco interminable

para enterrarte, amante solitario.

 

Así fuiste tejiendo tu derrota,

¡ Ay! nocturno zorzal de pueblo chico.

Y por ruidos molestos una noche

del brazo te llevaron los milicos.

 

La moneda cansada de tu canto

arrimó a los boliches su destino.

En la noche más cruel de los recuerdos

la perdiste en el trueque por un vino.

 

Tu guitarra se ha roto hace ya tiempo,

tu garganta se agota en un murmullo.

Sueña Gilito, sueña que esta noche

el ventanal del cielo es todo tuyo.

 

 (Publicado en "Heredades de Niebla y otros poemas", 1999).

  


 

Gatos

Cuando echa el cielo su limosna blanca

en el sombrero de mi pueblo quieto,

las pupilas rasgadas de los gatos

se hinchan de noche y sexo.

 

 Por los dardos del grito

mojados en el agua del deseo

transcurre una contienda

hasta que el día

la sume en un pelaje soñoliento.

 

(Publicado en "Heredades de Niebla y otros poemas", 1999).

  


Caridades

 

Creí no conocer alguien más fiel

que los zapatos de los muertos.

Dos mansas bestias lisas

que se echaron con él.

 

Poco a poco los fue deshabitando.

La nada, lentamente,

la casi, casi nada

se volvió casa y cuerpo del hombre.

 

Vacíos e inodoros buscaron regresar,

vuelta al camino con ojos cenicientos.

 

Mendigo viejo gasta en las veredas

un par de mocasines

de luto deslustrado.

 

Ahora hasta las pantuflas

les ponen, muy infames,

los cuernos a sus muertos

con cualquier pata pobre.

 

Ciertamente

la caridad ha comprendido

que hacer bandera no es difícil

con los zapatos de los muertos.

 

(Publicado en "Heredades de Niebla y otros poemas", 1999).

 


El Molino

 

Patriarca recoleto

del pan y la paciencia.

Gigante envejecido sin quijote,

un responso de aspas

hincha su vientre quieto.

 

El pertinaz barreno de carcoma

con una burla de humedad y tiempo

le ha engendrado

la última molienda.

 

Arriba,

el viento agita sorprendido

una increíble cabellera verde.

 

Y el molino es un árbol,

inmenso árbol de fe sobre el paisaje.

 

 

(Publicado en “Entre Tierra y Canto”, 1981).

 

 



PELLENC CELIA


Educadora y poetisa. Nació en la casa de sus abuelos maternos a un kilómetro al Sur de La Plaza, localidad que luego fue llamada Villa San José y hoy Ciudad, en el Departamento Colón, Entre Ríos, un verano caluroso y húmedo como son casi todos los veranos entrerrianos. Única hija mujer de María Florentina Duprat y de Alceste Pellenc, llegó a la vida el 24 de enero de 1903 a las doce del mediodía. Allí creció rodeada de amor y belleza hasta que junto con sus padres y sus dos hermanitos menores, los mellizos Hugo y Saimod, emigraron hacia Pergamino, en la Provincia de Buenos Aires. Allí fallecieron los niños a los dos años de edad víctimas de una terrible enfermedad y luego, unos meses después, su madre Florentina el 13 de noviembre de 1907, a los veintinueve años. Nuevamente radicada en suelo entrerriano, terminó sus estudios primarios en la Escuela Juan José Paso de Colón. Fue una incansable lectora, y ávida de conocimientos estudió varios idiomas, entre ellos el francés, italiano, inglés, alemán y hebreo. Se recibió de Maestra Normal Nacional en la Escuela Normal Mixta Concepción del Uruguay en 1922, y al año siguiente ejerció la docencia por primera vez. Su primer trabajo fue en una estancia de la Familia de Lola Philips, quien le prestaba una sala para dar clases, cerca del almacén de ramos generales de Francisco Buffa en la localidad de Arroyo Grande. Luego, un tío suyo -Ernesto Kowalsky- intervino para que fuera trasladada a la Escuela Nº1 Juan José Paso de Colón, y después al establecimiento donde actualmente funciona la Escuela Nº60 Capital Federal de la misma ciudad. Tiempo después fue nombrada Directora de la Escuela Nacional de Mansilla, hoy llamada Libertad Nº40, en Rosario del Tala, y en marzo de 1942 pasó a desempeñarse en Sauce Sur, hasta que por último lo hizo en la Escuela Nº8 de Caseros, en el Departamento Uruguay, hoy llamada Escuela Provincial Corrientes Nº86. Una vez jubilada trabajó como Profesora “ad honorem” de Francés en la Universidad Popular de Colón. Después de sufrir una penosa enfermedad, murió el 19 de agosto de 1968 en la ciudad de Colón, Entre Ríos. Sus restos descansan allí, en el cementerio de la ciudad. Al cumplirse cien años de su nacimiento se organizó un Certamen Literario al que se denominó “Celia Pellenc, una maestra entrerriana”, entre los alumnos de las escuelas donde ella ejerciera. Y la Honorable Cámara de Diputados de la Nación declaró de Interés Cultural la obra de la Poetisa, Maestra y Educadora Entrerriana Celia Catalina Pellenc.

Textos

  Tierras Entrerrianas

   Me fui

   Señor yo te pido

   


 

Tierras Entrerrianas

 

Es la recia tierra negra de los campos entrerrianos

que engendró feroces montes de espinillo y ñandubay

cardo azul en la colina, paja brava en los bañados

y la sangre de los ceibos donde canta el Uruguay.

 

Es la buena tierra negra que se cubre de gramilla

donde corre cara al viento el arisco redomón

donde crecen trebolares perfumando la cuchilla

que cruzó como una sombra el ligero charabón...

 

La que cubre sus zanjones con achiras coloradas

la que oculta entre sus molles la calandria y el zorzal

la que nutre generosa la pacífica vacada

que se duerme bajo el cielo en el alto pastizal.

 

Es la fértil tierra negra que en la paz de las mañanas

fue la reja de los gringos removiendo con amor

donde el grano aprisionado en la sombra de la entraña

¡Cuaja luego en los trigales que palpitan bajo el sol!

 

Son los campos entrerrianos donde junto a los fogones

ha de haber una guitarra y en los labios un cantar

mientras llora la bordona que arrulló las ilusiones

¡Del gauchaje de otro tiempo que con ella aprendió a amar!

 

¡Recia tierra de Entre Ríos que en la selva montielera!

Tiene nidos de palomas y bravuras de jaguar

la que supo con Ramírez y su hueste montonera

defender con toda el alma su preciosa libertad.

 

Hoy te cuida la falange de tus fuertes sembradores

págales con granos de oro su preciosa vocación

págales porque ellos ponen en tus surcos sus amores

¡Desde el beso de la aurora hasta el toque de oración!

 

 (Publicado en "El Libro de Oro de la Colonia San José", 1957).

 


 

Me fui

 

Me fui como sonámbula

me fui dejando el alma

soñando junto a ti

acaso no sentiste

que te rozaba un ala

¿Después que yo me fui?

 

¿A qué seguir marchando?

¿Adónde iría sin ti?

Y lejos de tus ojos

¿A qué seguir cantando?

¡Yo canto para ti!

 

(Publicado en “Más allá del Surco un Universo”, 2004).

 


 

Señor yo te pido

 

¡Señor! yo te pido tu cruz con sus clavos

¡Me das tus heridas! ¡Me das tu dolor!

Tus manos llagadas, tu abierto costado

Más toma ¡Te ruego! Mi pena de amor.

 

¡Perder la divina caricia del cielo

que encierran sus ojos de bruma y de sol!

¡Señor! ¿No me oyes? No existe consuelo

que calme mi angustia ¡Me mata el dolor!

 

La vida se escapa por estas heridas

si el vaso se quiebra, se muere mi flor

la vida se escapa por estas heridas

mi estrella se apaga ¡Y lo amo Señor!

 

¿Qué quieres que haga después en la vida

sin norte y a oscuras marchando al azar?

¿Que olvide cantando? ¡Mi alma no olvida!

¡Su pena es muy honda y no puede curar!

  

“¿Eli, Eli lama sabachtani?”

  

(Publicado en “Más allá del Surco un Universo”, 2004).

 

 



VERNAZ CELIA


Educadora, escritora, historiadora y poetisa. Nació en la Colonia San José. Realizó los estudios primarios en la Escuela Nº5 “Nicolás Rodríguez Peña” de su ciudad natal, e inició los secundarios en el Colegio “Niño Jesús” también de San José, para finalizarlos en la Escuela Normal “Mariano Moreno” de Concepción del Uruguay. En esta última se recibió de Maestra Normal Nacional. Luego se trasladó a Paraná donde obtuvo el título de Profesora de Historia en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de dicha ciudad. Ejerció la tarea docente tanto en escuelas primarias, como secundarias y terciarias. Dictó cursos de Historia en San José, Colón y Concepción del Uruguay. Desarrolló el tema de la inmigración europea en la zona, efectuando investigaciones en Museos y Archivos locales, como así también en los países de donde vinieron los colonizadores, especialmente en Suiza. Varias charlas y conferencias pronunció al respecto, participando en Congresos Nacionales y Extranjeros. En 1991 concurrió a un Congreso Internacional que se desarrolló en la Universidad de Ginebra (Suiza), abordando el tema de la inmigración, y en especial, el rol de la mujer en estos eventos. Buscó la ampliación de los conocimientos históricos en los países de cultura milenaria, tanto en Africa, como en Medio Oriente y Europa, realizando varios viajes por el mismo motivo. Escribió en revistas y periódicos importantes de la localidad, de Suiza y de Francia. Integró comisiones culturales, luchando siempre por el mantenimiento de las instituciones, formando parte de la Junta de Estudios Históricos “Facundo Arce” de la Provincia de Entre Ríos. Recibió distinciones especiales, tanto de autoridades locales como del Gobierno de Valais, Suiza. Sus obras se refieren, especialmente, al proceso inmigratorio regional. Fue coautora del “Libro de Oro del Centenario de la Colonia San José”, publicado en 1957. Luego, publicó “San José y el Tiro (1859-1980)”, en 1981; “La Colonia San José y la voz del inmigrante”, en 1982; “Figuras representativas de la Colonia San José”, en 1983; “La Colonia San José y la inmigración europea”, en 1986; “Papeles de un inmigrante”, en 1987; “Colón. Documentos para su historia”, en 1988; “Tiempos de Colonia”, en 1988; “Une Colonie Savoyarde”, publicado en Savoie, Francia, en 1989; “Le role de la femme dans l´émigration”, publicado en Le Chable, Suiza, en 1991; “Escritos”, en 1991; “Colonies valaisannes en Argentine”, publicado en Sion, Suiza, en 1991; “¿Quién mató al Padre Cot?”, en 1994; “Historia de San José y Colón”, en 1997, conjuntamente con el Profesor Carlos Conte Grand; “Juan José Durandó. Una historia”, en 2000; “Los franceses en la Colonia San José”, en 2000; “La Iglesia de San José”, en 2001; “Les francais de la Colonie San José”, publicado en Allinges, Francia, en 2002; “Les francais dans la Colonie San José”, en 2002; “Alejo Peyret”, en 2002; “Alejo Peyret. Él y los muchos”, como coautora, en 2002; “Urquiza en la Colonia San José”, en 2002; “El idioma en la Colonia San José”, en 2005; “El silencio del abuelo”, en 2007; y “L´inmigration dans la province d´Entre Ríos: Alexis Peyret et la Colonia San José”, como coautora, publicado en Gascogne, Francia, en 2008. En 2004, la Editorial Corregidor de Buenos Aires, publicó la segunda edición de “Tiempos de Colonia”, y en 2007 fue coautora del “Libro del Sesquicentenario de la Colon". En 2009 publica "Carlos E. Prelat: vida y obra". En 2013 publicó “Cartas e Informes – Colonia San José” .

Textos

  La mesa

  Linyera

  El naranjo

  Las campanas 

  Al baile   

 


 La mesa

 

   Casi cerca del mediodía la gente va llegando de la chacra, despojándose de sombreros y pañuelos al cuello. Lentamente se arremangan para refrescarse y desprenderse de ese polvo mezclado con sudor que se adhiere a la piel con fuerza telúrica, llenando poros y arrugas en extraña cartografía física. Cada uno integra pasivamente la antesala de la cocina. No siempre es la galería contigua: la sombra de la enramada o del paraíso es buena para tomar un mate amargo como aperitivo gaucho y preparar así el estómago para recibir el alimento necesario con los ingredientes infaltables de enredos, el dicho oportuno o el percance de la mañana. Este brebaje con yerba de palo comprada en bolsa, recipiente extraído de la planta y bombilla de plata, viene desde la cocina en manos de mujer quien, de pie al lado del que lo toma, espera con paciencia bíblica, de abnegación o de quién sabe qué madrigal enternecido, que la succión se acabe para repetir tantas veces el viaje que,  pensándolo en ecuaciones, ha de sumar kilómetros en franciscano silencio cada vez que debe cebar mate para tantos. Alguien se apresura a terminar esta etapa con un: ¡gracias! lleno de ceremonias, y saca de entre esa faja negra que en varias vueltas rodea su cintura, una bolsita cosida a mano en cuero tan gastado que ya es un pergamino. Con lentitud y precisión impecable, arma el cigarro que saborea como si la vida se esfumara y renaciera a cada instante en esas volutas con que juega el humo dándole consistencia a los sueños e ilusiones, huyendo un poco y acercándolo de nuevo a las sensaciones naturales.

   Dentro de ese clima de descanso y espera es cuando se oye una voz como de heraldos consagrados en la fiesta: ¡la comida está lista! El que no se arquea como un felino, salta como un resorte escapado de su atadura. Uno se pone la alpargata, el otro usa dos dedos para peinarse y el más astuto afloja el cinto llevando instintivamente la mano hacia la hoja envainada. En orden y respetuosamente van haciendo su entrada en la cocina-comedor. Esta tiene gran tamaño pero pocas cosas: el fogón, dos hornallas, un aparador de doble cuerpo y una mesa de dimensiones no comunes con bancos largos y varias sillas. Veinte personas caben cómodamente a su alrededor. Se sienta primero la autoridad paterna en el lugar privilegiado y lo hace con la misma solemnidad de quien preside un reino poderoso rodeado de súbditos; luego, hacen lo mismo el resto de la familia junto a los peones y criados, sumando un núcleo numeroso y heterogéneo, tanto por parentescos, relaciones, actividades y cultura.

   Cuando están todos ubicados se produce una cierta calma religiosa cimentada con fuertes lazos de tradición, interrumpida por breves alocuciones del dueño de casa. El mantel damascado, los platos con sellos de Inglaterra, Holanda o Francia, cubiertos de fabricación económica, pan casero y un gran botellón con agua están sobre la extensa superficie de madera. La damajuana de vino tinto ha sido ubicada en el suelo junto al patrón.

   El preámbulo a la mesa del mediodía ha tocado el punto. A una señal imperceptible para los comensales, la doña responde a la dura e imperativa expresión del rostro-jefe apareciendo con una cacerola ancestral y un cucharón de regimiento y, enseguida, sirve a cada uno de los presentes la esperada sopa de arroz, espesa y humeante, con dientes de ajo nadando como cisnes y trozos de cebolla como filas de remeros. Algún rostro infantil se retuerce en su rechazo, pero nada de lo que estás servido se deja ante la revista de la mirada paterna.

   El silencio total por ausencia de palabras se interrumpe ante los gargarismos de quienes confunden la acción de comer con la de embocar un triple desde la cuchara. Luego aparece una fuente de puchero, papas y zapallos, moñatos, todo elevado a la enésima potencia en tamaño, cantidad y presencia grotesca. Sin cambiar la vajilla se sirve primero “V. S.”,  pues así podría llamarse en su época a aquella figura calcada en cada familia por la severidad con que rige la mesa ya que por una palabra, risa o estornudo, exige el retiro inmediato del causante para no probar más bocado hasta el día siguiente. Además, ante un breve relato o anécdota pronunciado una vez saciada la hambruna tremenda, los participantes del almuerzo asienten dibujando una sonrisa con el músculo del rostro que hayan desocupado sin oponerse jamás a su amo.

   La familia conoce las costumbres, pero el nuevo peón debe estudiar el asunto con mucha táctica y cautela, pues si habla sin que le pregunten o se vuelve parlanchín y jocoso, seguro que es despedido. Pero aprenden rápido hasta las picardías. Uno había cortado muy grande el trozo de pan y como por ley natural no se deja nada, lo fue poniendo disimuladamente dentro de la manga de su blusa para desaparecer con él.

   El postre es el resultado de la habilidad femenina. Aquellos orejones que habían sido secados sobre el techo de la casa, hoy son delicias del paladar: hervidos con azúcar o en forma de pastelillos constituyen la culminación del ágape en un día de trabajo común inmortalizando esa mesa acogedora que nadie puede olvidar ante tan republicana constitución: la arrogancia patriarcal proyectada desde un medioevo sin tiempo, las mujeres sumisas, abnegadas y sufridas hasta rozarse casi con un esclavismo indefinido en el vocabulario modernista, el peón, el allegado, el criado, todos hermanados bajo el mismo sello tan caro del respeto, el silencio circunstancial y la cristiana caridad junto al pan de cada día.

  

(Publicado en "Tiempos de Colonia", 1988).

  


 

Linyera

 

   Llega un linyera. El callejón de tierra negra entre doble fila de paraísos añosos enmarca su figura. Camina lentamente, pero avanza hacia la casa, sin dudas, a pedir posada.

   La tarde se va acostando entre tules y reflejos dorados sobre el horizonte inmóvil. La atmósfera pesada y polvorienta aprieta hasta el pensamiento y las ideas se detienen al nacer, no más. Otra vez viene ese personaje sin destino que recorre la colonia ajeno al rumbo, y un interrogante brota desde lo más hondo. No hay respuesta. Sólo se sabe que existe sobre los caminos largos como para no llegar nunca. O más bien, no le interesa el final. Su paso tiene el andar de siglos como si ya hubiese recorrido toda la superficie del globo y no quedan hoquedades donde no haya depositado su humanidad.

   Un cierto aplomo fluye de la sabiduría natural que la experiencia le va dando. Deposita su mirada ausente en la distancia infinita del tiempo y pareciera detenerse sobre un punto inexistente al común de la gente pero para él está ahí, detrás del más allá, como un imán que lo impulsa a seguir andando, haciendo importante su trayecto. Llega porque se acerca la noche y seguro que hoy se le ha ocurrido, simplemente, cambiar el tachonado de estrellas del firmamento que lo acompaña siempre por algo distinto que una familia le puede brindar.

   Nunca se llega a saber qué extraña filosofía vive su mente vagabunda, ni si en el fondo existe el bien, o es el habitáculo de meditaciones maléficas que en algún lugar de los extensos dominios de la libertad afloran en el marco de su desgracia. El rostro desencajado, con pómulos salientes, la mitad oculto detrás de una larga barba matizada con hilos blanquecinos, bigotes y tupidas cejas, deja ver la marca rojiza del sol y de los vientos. La cabellera, más tusada que cortada, casi destila aceite viejo debajo de un chambergo contrahecho que de sus formas primitivas ni el esbozo conserva. No es fácil captar el mensaje de ese semblante anestesiado de expresiones y extraído de la piedra.<

   Andar y andar: ya es bastante. Su ropaje ha sido de otro. Un saco largo y andrajoso cubre tiras que alguna vez un sastre le había dado formas elegantes para lujosos salones a los cuales ni en la imaginación ha visto. Va descalzo y sin problemas en la piel. Lo mismo roza una espina que la arena, el barro o la maleza. Hombre rudo y fuerte como el mal tiempo. Sobre sus espaldas resignadas lleva un atado envuelto en un roído poncho cuyas cuatros puntas atadas hermetizan la carga. Es el mono que en el descanso de la noche, ya en la vía o debajo de los puentes, le sirve de almohada. Ni un cofre portador de una fortuna cuidaría con tanto esmero, pues ahí dentro lleva todo su haber, sus sueños y su cruz. Es más lento su paso el acercarse. Un perro lo ladra, pero no le importa. Los peligros que afronta en su extraña vida son mayores y ahora lo que quiere es descansar.

   ¡Busco posada! Con dos palabras soluciona presentación, identidad y todos los porqués. Su laconismo exige respeto al silencio en torno de su persona: todo está dicho, como la pieza oratoria más convincente de los políticos en busca del apoyo partidario. No cabe ninguna pregunta ni alocución a la problemática de la existencia fácil o complicada de este personaje que cada tanto, con otros rasgos pero idéntico objetivo, aparece en busca de un techo para pernoctar. En un galpón hay un catre permanente para cuantos se acercan por lo mismo. El agua y un plato de comida se dan por añadidura con la naturalidad con que se recibe el mandato evangélico, sin pensar siquiera que un malevo forajido o condenado es el que ahí duerme tan libre y tan cerca de uno.

   La noche es entonces como una ráfaga de paz que se extiende abrazadora en su tibieza de luna y de estrellas: descansa el que trabaja, el caminante, el que forja en vano sus ilusiones perdidas y el que sueña todavía con lo inalcanzable. Lo cierto es que en la madrugada húmeda de rocío, acariciada por la frescura de las horas tempraneras, retomando el paso cadencioso y rítmico de todos los días, desaparece el linyera por el callejón de paraísos hospitalarios, sin un adiós ni un gracias siquiera. Y otra vez errar y errar por los caminos, conocer otros puentes y otras vías, bajo el mismo sol y el mismo cielo, sin llegar nunca, nunca. ¡Vivere parvo! (Vivir con poco).

 

(Publicado en "Tiempos de Colonia", 1988).

 


 

El naranjo

 

En el rincón del patio

tenía un naranjo

plantado en los primeros tiempos

en que había llegado.

Crecía despacio

como desafiando a los años

pero fuerte y frondoso

extendía sus ramas

muy simétricamente.

Generoso

y cargado de frutos

su esplendor era tanto

que había que observarlo

por un rato largo

entrelazando sentimientos

de amor y belleza

dolor, angustia

y siempre,

callando.

Es que era el árbol

tan largamente ansiado

a través de un viaje incierto

lleno de promesas esfumadas

de un paraíso

que debía ser armado

por las nuevas manos.

¿Dónde están los naranjos?

era la frase repetida

cuando llegaron.

Pero ellos estaban aquí

en potencia suprema

¡solo había que plantarlos!

Cómo no vibrar tiernamente

al verlo tan alto.

Parecía un amigo

extendiendo sus brazos

tal vez el que quedó

en la otra tierra

y que no pudo venir

porque también ella era

padre y madre de sus hijos

por lo que no siempre

se podía partir.

Azahares perfumando una epopeya.

Bendición de Dios.

(Publicado en "El Silencio del Abuelo", 2007).

 


 

Las campanas

 

Las campanas de la Iglesia

se oían desde lejos

y cada tañido movía

misteriosamente

el corazón de un pueblo

que alimentaba su fe

día a día                           

trabajando con esmero,

ya con la oración

participando de la eucaristía

con alabanzas al Creador

haciendo de sus obras

un Credo.

Si llamaban a la misa

cuando trinaban los pájaros

y el sol aparecía

clareando muy temprano

en el concierto matutino,

se las escuchaba con alegría

porque era solamente

un llamado piadoso

a participar del pan convertido

que el Crucificado

había dejado.

Nada se decía.

Nada.

Muy calladamente

al templo se partía

con una sonrisa por dentro

y el esbozo de una paz

que allá siempre se sentía.

Si los sones se escuchaban

a la hora del Angelus

se rezaba con devoción

en el lugar donde estaba

pensando en el enfermo

o en el recién nacido,

en la cosecha del trigo,

la lluvia o la sequía

esperando muy confiados

la Santa Bendición

que el Divino Supremo

impartía.

Si doblaban tristemente

con aires lentos y acompasados

traspasando los ambientes

y anunciando algo malo,

esos sones penetrantes

con negras vestiduras

sinónimos de mortaja

y una muerte segura

eran campanadas largas

dolorosas, punzantes…

Trágico al bronce

que así manifestaba

el paso por esta vida

hacia el largo infinito

de alguien

que había partido.

Entonces el abuelo

algo encorvado en su textura

trataba de erguirse

porque el momento exigía

una sólida postura

ya que la eternidad

abría sus puertas

para un amigo, un vecino

no importaba quién,

por un camino inevitable,

oscuro, o lleno de luces

¡misterio!

si saberlo sería dable.

Y quitándose el sombrero

en ceremonia impecable

pronunciaba unas palabras

de bíblica tonada,

justas, medidas, parcas

y después

el silencio era un manto

que todo lo cubría:

ni un reproche siquiera

ni un suspiro más fuerte

ni una queja,

nada.

Un mundo se anidaba por dentro

carcomiendo su existencia

pues era

una vida terminada.

Y otros seguirían el camino

del hombre que en la tierra

había buscado a Dios

esquivando las miserias.

Los ecos del tañido

tan lastimeros y dolorosos

en él se encontraban

como golpes de un martillo

o una lágrima desecada.

Serio, sin palabras,

tal vez, ya no pensaba.

 

(Publicado en "El Silencio del Abuelo", 2007).

 


 

Al baile

 

   La tarde del sábado se va esfumando con una euforia en el ambiente. Es que hay baile en la Colonia, y esto no es frecuente pues la Cuaresma, la lluvia o algún duelo impiden a las muchachas asistir a esta fiesta durante meses o hasta dos años y medio, si se trata de guardar luto por un familiar directo. Y este día se presenta pleno, sin impedimentos de ninguna índole, casi celestinesco en su complicidad con la imaginación.

  El vestido está planchado desde la mañana y se agita en una percha colgada en la enramada para que se ventile bien de cualquier polilla que pueda habérsele prendido. Los rulos, hechos con tiras, son peinados al viento frente a un pequeño espejo colgado en el tronco del jazmín; la cara, muy lavada con jabón de olor usado solamente cuando uno va a salir, es sometida a una espesa capa de polvo blanco (Poudre de riz) con un poco de rouge y un lunar muy cerca de la sien.

   Hay un revoloteo de mujeres mientras se arreglan en ese atardecer esperando la puesta de sol para partir, semejante a los arrullos de palomas o coloquios de cotorras, con sonrisas transparentes y un alegría que trasunta la arquitectura de esos cuerpos ceñidos para vestir de fiesta. Los grandes y los chicos se juntan para verlas en transfiguración asombrosa pues no parecen aquellas que deschalaban, ni tampoco son las mismas que carpían las papas sin cuidar las formas enfundadas para no quemarse del sol. Nerviosas, miran a cada instante la desaparición de los rayos solares como reloj exacto.

En efecto, en este momento llega hasta el patio el hermano mayor manejando un carro playero al que le ha puesto dos travesaños para que ellas se sienten. ¡Vamos al baile! grita con voz ahuecada que todos escuchan rientes y ansiosos. Entonces las damas se ponen en filas para subir al carruaje, con mucha dificultad las de exagerado volumen, pues deben hacer equilibrio sobre un banquito y luego una silla antes de llegar a los asientos forrados con un poncho para preservar las polleras. Las vecinas se suman al grupo, así que van bien apretaditas con tal de que todos tengan lugar. La algarabía es contagiosa y el trayecto se cubre hasta la terraza sin sentirlo y con una emoción sin límites.

La llegada es sencillamente espectacular. Al bajar del carro se forma una hilera mujeres precedidas por el varón que las ha conducido. Este es el único que pega le entrada, hecho lo  cual se produce el acceso al recinto iluminado por las estrellas, algún farol, y cubierto en parte con un encerado. Los hombres, arrinconados o junto al poste, las miran una a una como si fueran de otro planeta y balbucean cosas que uno disimula haber oído: mirá la María, qué fiera la Juana, llegó el loro, me gusta la de colorau…

Todas se ubican alrededor de la pista, de pie para no arrugarse el vestido pero en primer lugar, para que los mozos las vean y las inviten a bailar. Solo algunas madres que acompañan a sus hijas están sentadas en bancos largos contra la pared, con las niñas adelante. En sus faldas amontonan los abrigos, la pañoleta y la linterna que se les cae cada vez que se dormitan en esas largas noches de espera.

La orquesta, dispuesta sobre un escenario, comienza  temprano la música con un paso-doble para levantar la reunión. A los primeros acordes, las muchachas sonríen y se arreglan el cabello, la cintura, el prendedor, haciéndose las distraídas pero esquivando al que no les gusta para aceptar una seña de as de espada o tirón de mentón que le hace algún caballero, quien a grandes pasos de ñandú se cruza la pista con intenciones de bailar. En un instante las parejas han cubierto totalmente el espacio posible con una animación singular. Pero siempre queda alguna pobrecita con la que nadie se atreve a probar suerte: o muy seria, o muy grande o muy fea. La madre desde al banco entra en franca desesperación: nena, reíte; andá más adelante; mirá a los hombres. Pensar que de estas pequeñas actitudes se tiene la posibilidad de casar a la soltera rezagada en el matrimonio. Sin embargo, se produce lo insólito que la protección materna no logra comprender. Esta sonríe feliz cuando se acerca un candidato dando su aprobación con una graciosa inclinación de cabeza, pero si a la hija no le gusta, es rechazado con un imperativo “tengo novio, no bailo” y ya por el resto de la fiesta se pierde la ocasión.

A la media noche las señoras son invitadas con gran cortesía a pasar a la sala para tomar el chocolate. Este hierve en grandes ollas sobre la cocina de leña. Un hombre vestido medio de pinta se ocupa de servir con un cucharón cada taza que se le acerca. Es el momento de los saludos de las comadronas quienes intercambian opiniones sobre el éxito de las hijas con un gran regocijo, imposible de disimular si ellas han bailado desde que llegaron sin perder una pieza. Esta media hora de ausencia es aprovechada por los mozos que se quedan parados al lado de la coquetona, desenredando un romance tan atropellado y folklórico que ambos configuran una estampa digna del recuerdo: él, en posición de descanso, con los brazos en jarra, tocándola a veces con el codo, y con el rostro tan cerca de ella que levantando una ceja por un lado y torciendo la boca por el otro, se encuentra irremediablemente prisionera. Mientras tanto, la bella se retuerce sobre un taco al punto de quebrarlo, entorna los ojos como que no ve ni oye, se hace el ausente con el rostro impávido de las estatuarias de mármol, hasta que al fin, se sonroja algo, se estira un poco y sonríe mirando al suelo lleno de vergüenza, porque lo ha aceptado. Ambos aflojan, entonces, las tensiones que se vuelven a extender y complicar cuando termina el chocolate y regresa la madre masticando un pedazo de galletita. Este es otro episodio con derivaciones sorpresivas según sea o no del agrado el caballero que rondea sobre la hija.

A las tres de la mañana en punto, la orquesta anuncia la última pieza después de varios tangos, valses y rancheras. Afuera está esperando el carro para regresar. La aventura del baile termina ahí, junto a esa rueda humedecida por el sereno de la noche a la cual se recuesta un rato el enamorado, para verla partir.

 

(Publicado en "Tiempos de Colonia", 1988).